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Opinión | LA NUEVA BUTACA

Tortilla de patatas

Una tortilla de patatas.

Una tortilla de patatas. / Europa Press

El verano es la estación del año que más recuerdos despierta. Los pequeños rituales y la improvisación se dan la mano en esta época. Viajes, reencuentros, barbacoas, paseos, chapuzones, canciones que se convierten en bandas sonoras y conversaciones bajo las estrellas… Ante esos planes, siempre surge una pregunta: ¿qué preparamos para comer?

Entre mis propuestas siempre hay una que no falla. La reina de cualquier fiesta en torno a una mesa: la tortilla de patatas. Comparto con el cocinero David de Jorge la idea de que una tortilla de patatas «se vale por sí sola». Para desayunar, comer, cenar o de madrugada al volver de fiesta.

Recuerdo a la tía Teresa, hermana de mi abuela. Cariñosa, silenciosa y tranquila. Nadie ha superado sus tortillas. Cortaba las patatas y las ponía a remojo mientras calentaba el aceite de oliva en una sartén. A fuego lento, las freía y, conforme se doraban, las iba rompiendo poco a poco. Después tocaba batir los huevos, escurrir las patatas y mezclar los ingredientes. Una vuelta, otra y otra más… Cogía un plato grande y… ¡a servir!

Siempre quedaba cuajada, con la sal en su justa medida. Perfecta. Un manjar de dioses. Aquel ritual, que yo observaba con admiración, lo repito cada vez que preparo una tortilla. Pero nunca me sale igual…

Mi abuela y la tía Teresa decían que la tortilla era sin cebolla. Incluso Dani García y Dabiz Muñoz comparten esa opinión. Aunque ese será, probablemente, un debate eterno.

Abramos otro melón. ¿Denominaríamos tortillas españolas a aquellas que hacen los chefs que David de Jorge califica de ‘terroristas de la tortilla’? Las trituradas, las deconstruidas, las de forma cúbica, las que sirven en copas, las que Martín Berasategui prepara con ajo y cebolla o las rellenas, que descubrí en Salamanca y que de Jorge califica de ‘aberración’ y ‘falta de respeto’. Mi marido suele decirles a los amigos: «Quien venga con una tortilla envasada, mi mujer lo echa de casa». Y a Arguiñano le irrita que la gente compre tortillas precocinadas.

Una tortilla española consigue reunir a varias generaciones alrededor de una mesa. Ahora que La Roja vuelve a unirnos gracias al Mundial, quizás sea momento de reivindicar otro de nuestros símbolos, capaz de convertir cualquier comida en un recuerdo. Porque, como bien sabía la tía Teresa, una buena tortilla no depende solo de la receta, sino del cariño que se pone al cocinar.

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