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Opinión | El especialista

Juan Antonio Carreras Espallardo

Juan Antonio Carreras Espallardo

Policía local y criminólogo

Pan y circo: el negocio de una sociedad distraída

Dos mil años después de Juvenal, el poder sigue encontrando en el entretenimiento un aliado para alejar el foco de los problemas que afectan a la ciudadanía

Pan y circo, el negocio de una sociedad distraída

Pan y circo, el negocio de una sociedad distraída / L. O.

Por muchos siglos que pasen, el invento sigue funcionando de maravilla: mantener a la gente entretenida mientras unos pocos acumulan poder, dinero y obediencia. Antes los espectáculos se celebraban en el Coliseo; hoy el escenario ha cambiado, pero el formato sigue siendo parecido: por un lado, los parlamentos; por otro, los grandes estadios de fútbol.

Somos campeones, viva el fútbol, los reality shows, el patriotismo de merchandising y el eterno «y tú más». Pero que nadie mire demasiado el precio de la vivienda, la precariedad laboral, los recortes o el saqueo cotidiano. Si trabajas, pagas IRPF; si compras o vendes, impuestos de transmisiones y plusvalía; si heredas, impuesto de sucesiones. No temen una población enfadada; temen una población consciente. Por eso invierten tanto en espectáculo: porque un pueblo distraído molesta mucho menos que un pueblo organizado. Y si está dividido, pues mejor todavía.

Hay ideas que sobreviven a los siglos porque describen una realidad que cambia de forma, pero no de esencia. Panem et circenses, escribió Juvenal hace casi dos mil años para denunciar cómo el poder romano mantenía tranquila a la población ofreciéndole alimento y entretenimiento mientras las decisiones importantes quedaban lejos del pueblo. Cambiaron los emperadores, desapareció el Coliseo y el Imperio acabó siendo historia. Sin embargo, la estrategia sigue más viva que nunca.

Hoy ya no hacen falta gladiadores ni cuadrigas. El espectáculo se ha sofisticado. Se retransmite en alta definición, se consume en redes sociales, se comenta en tertulias y se viraliza en cuestión de minutos. El circo moderno tiene muchos escenarios: los estadios de fútbol, los programas de televisión, las plataformas de streaming, las polémicas en internet y, en demasiadas ocasiones, incluso los propios parlamentos, donde el debate serio ha cedido terreno al titular fácil, al insulto calculado y a la frase diseñada para hacerse viral. Casi nada ocurre por casualidad.

No hay nada malo en disfrutar del deporte, de una serie o de un concierto. El ocio es necesario y forma parte de cualquier sociedad libre. El problema aparece cuando deja de ser un descanso para convertirse en una distracción permanente. Cuando conocemos al instante el fichaje de un delantero, la última pelea entre famosos o el vídeo viral del día, pero ignoramos cómo se gestionan nuestros impuestos, qué leyes se están aprobando o por qué cada vez resulta más difícil acceder a una vivienda.

Mientras millones de personas discuten durante horas sobre un penalti, una expulsión o una decisión arbitral, el precio de la vivienda sigue alejándose del alcance de quienes trabajan. Mientras las redes sociales arden por una polémica pasajera, miles de jóvenes retrasan su emancipación porque encadenan contratos temporales o salarios que apenas permiten llegar a fin de mes. Mientras un reality concentra la atención nacional, las listas de espera sanitarias, los problemas educativos o el deterioro de las infraestructuras apenas ocupan unos minutos en los informativos. Quizá el mayor éxito del poder no sea convencer a la ciudadanía de que todo va bien, sino conseguir que apenas tenga tiempo para preguntarse si realmente va bien.

La política también ha aprendido las reglas del espectáculo. Hoy parece importar más quién humilla a quién en una sesión parlamentaria que el contenido de una ley. Se premian los discursos de treinta segundos frente a las explicaciones de treinta minutos. La confrontación genera audiencia; el análisis, mucha menos. Las redes sociales han convertido la política en una competición permanente por captar atención, donde el algoritmo recompensa la indignación y castiga la reflexión. Pero no pasa nada... somos campeones del mundo.

En este contexto, la ciudadanía recibe una avalancha constante de información y, paradójicamente, dispone de menos tiempo para comprenderla. Vivimos más conectados que nunca y, al mismo tiempo, más desinformados sobre asuntos que afectan directamente a nuestro bolsillo y a nuestro futuro. Resulta paradójico que cuanto más conectados estamos, más desconectados nos sentimos. El exceso de información puede producir un efecto muy parecido a la ausencia de información: la saturación termina sustituyendo al conocimiento. Tiene nombre: infoxicación.

El problema nunca ha sido el circo. El problema empieza cuando el circo ocupa tanto espacio que termina ocultando todo lo demás. Juvenal probablemente no podría imaginar internet, los teléfonos móviles ni las retransmisiones deportivas globales. Pero seguramente reconocería el mecanismo. Una sociedad permanentemente entretenida dedica menos tiempo a hacerse preguntas incómodas.

Y quizá esa sea la reflexión más importante. El poder no suele temer a una ciudadanía que celebra goles, comenta programas de televisión o comparte memes. Lo que realmente incomoda es una ciudadanía que lee, compara datos, exige explicaciones, participa en los asuntos públicos y se niega a aceptar respuestas simplistas.

El entretenimiento nunca debería sustituir al pensamiento crítico. Porque el pan alimenta el cuerpo, el espectáculo entretiene la mente… pero solo una ciudadanía consciente es capaz de proteger su libertad.

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