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Opinión | Los imprescindibles

La isla del tesoro: El mar y el diablo hicieron un pacto

La isla del tesoro

La isla del tesoro / L. O.

Los años pasarán tumultuosos, como siempre, pues la calma en los asuntos humanos solo existe en las apacibles páginas de los libros de Historia que reducen la vitalidad y los impulsos para ahogarlos en un mar de tinta, para construir un relato previsible sujeto al orden y al imperio de la causalidad. El tiempo desgastará la orilla del acantilado. Pero novelas como La isla del tesoro no desaparecerán ni se transformarán en polvo; al menos, no inmediatamente y mientras existan las condiciones espirituales que nos han hecho humanos. La historia va más allá de una novela de viajes y aventuras, bandidos de los mares o piratas asesinos que ocultan tesoros. Tiene todo eso y lo supera. Es, ante todo, una suerte de novela de aprendizaje.

Asistimos al proceso de madurez del joven Jim, arrastrado a la aventura de buscar un tesoro escondido en una isla contra su voluntad, tras la muerte de su padre y dejando atrás a su madre. A la posada familiar llega un misterioso heraldo de la muerte, un apóstata de los mares y antiguo pirata que resulta asesinado por conocer el paradero de la fortuna que su viejo capitán amasó durante años de pillaje. Sin embargo, el mapa que indica la ubicación de tan fabuloso botín no cae en manos de sus verdugos, sino de unos expedicionarios británicos con los que Jim se alista.

Sabemos lo que ocurre en la isla; de sobra hemos oído hablar de la arrolladora personalidad de Long John Silver, asesino carismático y seductor que, por muy peligroso que sea, se convierte en amigo y mentor de Jim. Sus destinos están unidos en la aventura, y el viejo marino de una sola pierna ve en aquel niño al único, entre propios y extraños, digno de su amistad.

El gran misterio de la novela es averiguar cuál es el faro moral de Jim, si es que lo tuvo, que pueda dar explicación a sus acciones e inopinadas idas y venidas entre el campamento de los piratas amotinados y el de los marinos fieles. Acaso no tenga una explicación coherente del todo y el lector esté viendo ante sí, aun bajo una figura infantil, a uno de los primeros hombres moralmente modernos de la literatura universal.

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