Opinión | Este humano desorden
MIGUEL SÁNCHEZ ROBLES
El extraño oficio de no ser uno mismo
"Hay personas que han repetido tantas veces la misma sonrisa forzada y la misma manida expresión, que un día ya no saben si realmente sienten lo que hacen"

El extraño oficio de no ser uno mismo / Leonard Beard
Hay especialidades profesionales que requieren una titulación firmada por el Rey y se obtienen en los institutos o en la Universidad. Otras, más menestrales y rústicas, se heredan de padres a hijos y se ejercen de manera encomiable y artesanal de por vida. Y algunas exigen muchos años de estudio y disciplina y, por supuesto, talento. Pero existe un oficio más universal y antiguo que no precisa título y todos acabamos, en mayor o menor medida practicando: el extraño oficio de no ser uno mismo.
Llegamos a la vida
Llegamos a la vida siendo auténticos, pero es casi la última vez que lo somos. Lloramos de verdad al nacer, con toda nuestra alma, como si intuyésemos que el mundo al que venimos estuviera trastornado. De niños no sabemos fingir alegría o tristeza y decimos lo que pensamos con una alarmante falta de prudencia. Incluso hacemos preguntas que ponen a los mayores en un brete. Las hacemos sin ningún miedo al ridículo porque todavía no nos ha dado tiempo a aprender que la sociedad recompensa mucho más al que finge que a quien dice la verdad, al personaje más que a la persona.
Pero un día descubrimos que nuestras verdaderas opiniones conviene callarlas y que llorar resulta incómodo y que confesar nuestras debilidades se paga muy caro. Entonces comprendemos que sonreír y fingir abren muchas más puertas que la verdad y que existen silencios, gestos, unanimidades, entusiasmos e incluso indignaciones fingidas que los demás esperan siempre de nosotros.
Y así, poco a poco, vamos confeccionando una máscara estúpida y apropiada para salir al mundo. Al principio nos la ponemos solo en ocasiones especiales, pero después acabamos hasta durmiendo con ella, como se duerme con ese aparato de la apnea. Kafka tomó conciencia de este asunto y lo explicó poéticamente a través de esta confesión: «Me avergoncé de mí mismo cuando me di cuenta de que la vida era una fiesta de disfraces y yo asistía con mi rostro verdadero». Y también a eso se refería Virginia Wolf cuando dijo que los ojos de los demás son nuestras prisiones, porque nos acostumbramos a sus miradas y ya nada de lo que hacemos es verdad. A partir de ese momento convertimos el fingimiento en una forma de existencia.
Sí, nos vamos adaptando
Sí, nos vamos adaptando a ese rol tácito que nadie nos enseña explícitamente porque nuestra sociedad no admite la verdad desnuda de cada uno, hay que esconderla como sea, hasta el punto de que la habilidad más premiada de nuestra época no es el talento, sino la destreza para interpretar lo que se espera, esa pequeña muerte diaria que consiste en hacer cada día lo que se espera de nosotros. No fingimos porque seamos intencionadamente perversos o hipócritas por naturaleza, lo hacemos por sobrevivir, porque nacemos con una inmensa necesidad de ser queridos y aceptados, tolerados por los demás, y porque desde jóvenes descubrimos que la verdad absoluta tiene un precio y sobre todo el riesgo de ser rechazados.
Hablando de esto con un colega, bebiéndonos unos Campary después de la entrega de un premio literario, su poema trataba de eso y el mío casi también, me dijo que fingir podría llegar incluso a tener una utilidad biológica porque facilita la convivencia y evita los conflictos, que la buena educación descansa siempre sobre la renuncia a la sinceridad absoluta. Añadió que fingir hacía posible que inmensas masas de desconocidos compartieran ciudades, piscinas, ascensores, hospitales… Y me acordé entonces de esa máxima del famoso poema Los cisnes de Rubén Darío que le escuché recitar en una cena a José Hierro hace más de treinta años y no he olvidado todavía: «Seremos entregados a los bárbaros fieros, tantos millones de hombres hablaremos inglés». La dije en voz alta y ambos nos echamos a reír y cambiamos de tema.
A veces pienso que hay personas que han repetido tantas veces la misma sonrisa forzada y la misma manida expresión, que un día ya no saben si realmente sienten lo que hacen ni si su vida misma les pertenece por completo. Incluso puede suceder que hayan aparentado tanta fortaleza que acaben sintiendo vergüenza de su propia ficción.
Por eso creo que una de las formas más veladas y silenciosas de la melancolía y la angustia existencial contemporáneas consiste en vivir demasiados años lejos de uno mismo, en la consecuencia patológica de todos esos excesivos fingimientos cotidianos que parecen útiles e inofensivos. Una vida entera sosteniendo una máscara puede quebrarte el fémur de tu alma. Y, sin embargo, seguimos haciéndolo.
Ésa es, quizá, una de las más graves y profundas contradicciones de nuestra época. Hemos avanzado técnicamente en todo, pero la hipocresía sigue teniendo demasiada vigencia en «la gran feria eléctrica del mundo».
Una civilización
Una civilización no consiste solamente en aprender a convivir, también consiste en aprender bien a fingir sin que se note demasiado. Fingimos entusiasmo, seguridad, éxito, belleza, selfies... Fingimos hasta saber estar tranquilos sentados en una silla de plástico en una habitación vacía. Fingimos que estamos demasiado ocupados en vivir para que no se nos note lo solos que estamos, lo profundamente solos que a veces nos sentimos por no decir la verdad. Quizá la mayor obra maestra de la humanidad no sea un puente o un túnel transoceánicos o una catedral altísima, sino la inmensa arquitectura del fingimiento cotidiano. Hay días en los que uno sale de casa recién afeitado y duchado, muy bien vestido, con ropa de marca y oliendo mucho a colonia y tiene la hiriente sensación de que el mundo entero es una obra de teatro parroquial excesivamente ensayada. Uno ve aplaudir en los parlamentos o brindar en las bodas o escucha la afectación de un locutor ‘afectado’ y sospecha que todos practicamos al unísono ese extraño oficio inexorable de no ser uno mismo.
Es fácil, si uno lo piensa bien, descubrir que no sabemos vivir, pero plagiamos. Y siempre nos quedamos con las ganas de abrir la puerta de una sala de reuniones en la que nos esperan y decir: «Hoy no traigo personaje. Me he dejado la máscara en casa. He venido yo mismo».
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