Opinión | Mamá está que se sale
El balneario Viudes

Balneario de Viudes / CARM
El martes me surgió un plan improvisado al que inicialmente iba a asistir mi hijo: acompañar a su padre a la inauguración del balneario Viudes en la Ribera, recién rehabilitado. Esa playa es muy bonita, y seguramente darían luego algún piscolabis, así que no era un mal plan para una tarde de verano. Quizá sea algo anecdótico, pero es curioso conocer, desde fuera, el antes, el durante y el después de un proyecto: lleva su tiempo, requiere a veces auténtica artesanía, o si lo quieres ver así, ingeniería no sólo de estructuras o materiales, sino de tiempos, de trámites y por supuesto de perras. Y yo quería quería que mi hijo lo viera terminado. Pero el niño justo ese día estaba a desmano, así que me tocó a mí.
Nada más ver los hexágonos recordé lo que decía Antonio hace años, de que una estructura de palillos se mantiene firme, aunque retires alguno, porque el trenzado entre ellos los mantiene estables. Me lo decía enseñándome en el ordenador un trenzado de vigas, no de palillos, que había ideado para el balneario de la Cruz de Levante, también en la Ribera, precedente del balneario Viudes, y cuyo antiguo pilotaje (las columnas en las que se apoya, para los que somos de letras), fueron un quebradero de cabeza.
La antigüedad de la estructura hacía que esos pilotes estuvieran como el Señor quisiera, cada uno donde tuvo a bien ponerlo quien lo construyó originalmente, y el nuevo balneario se tenía que mantener sobre ellos. Estamos en el mar, no todos los materiales valen, y solo el trámite ambiental hacía inviable el cambio. Había que conseguir que todos los pilotes sostuvieran el peso del nuevo balneario, y al mismo tiempo, que el balneario no se apoyase en ninguno en particular. Como en la estructura de palillos, que todos fueran prescindibles.
Por eso decía Antonio que la verdadera obra de ingeniería era la que iba por debajo, la que no se veía. Una vez hecho, se le ocurrió lo de ir cambiando la orientación de los tablones, para darle profundidad y que no fuese tan lineal. No me digas que no quedó precioso.
Aquel balneario de la Cruz de Levante no lo vi terminado sino hasta tiempo después. Me conformé mientras tanto con verlo en las páginas amarillas, y ahora en los tarros de Nutella. Y aunque por ahora no ha trascendido que Antonio fue quien lo ideó, yo sé que eso salió de mi casa, y no hay placa ni medalla que lo supere. Yo lo sé y para mí eso es bastante.
En el balneario de Viudes ocurrió que había sido literalmente arrasado por la DANA en 2019. No admitía otra cosa que no fuera una reforma integral, y Antonio optó por la solución de los hexágonos, o los palillos, como quieras mirarlo.
Así que quien vea en el balneario un conjunto de tablas inertes, que sepa que tienen vida propia: ahí conviven los recuerdos de la familia Viudes, la memoria y el orgullo de que fue su abuelo quien lo construyó, el niño pescador del escultor Manuel Páez, (el ‘sirenito’ he oído que le llaman) una monada de bronce al que dan ganas de preguntarle si han picado ya los peces, y está también el trenzado de vigas que lo mantendrá estable lo suficiente como para que muchas generaciones se harten de bañarse, y de tomar el sol o la sombra y de hacerse selfies para la posteridad.
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