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Opinión | La perdición

No te murás nunca, Argentina

Tengo en mucho a los argentinos. Dos de mis pocos e inolvidables amigos, hasta el último de sus días, eran argentinos intensos y mucho mayores que yo. Uno, peronista torturado en la Escuela de Mecánica de la Armada por la dictadura del general Videla; otro, activista de una organización armada. ¿Macarras, prepotentes, odiosos? No es esa mi larga experiencia con otros argentinos, individualmente considerados. Sé cómo son los argentinos tomados de a uno.

Exagero: nunca hay argentinos de uno a uno, siempre están en hermandad celebrando un asadito demasiado hecho, donde lo importante no es el asadito sino tomarse unas cuantas con los muchachos desde las once de la mañana, rito sagrado ante las estrecheces. Los argentinos en grupo de menos de diez son una compañía inigualable. Deliciosos conversadores, inteligentes bromistas, no te encuentras uno tonto. Dan siempre la impresión de haber entendido la vida, aunque no tengan idea de cocinar la pasta italiana.

Hay no pocas cosas que España debiera aprender de Argentina, y una muy principal es que allí no ha calado lo políticamente correcto. El argentino es el antiwoke. El humor argentino ha sido siempre oxigenantemente salvaje, a derecha o a izquierda. Al final es sentido irrenunciable a la libertad, aunque caiga en el desorden.

Siempre he ido con la selección de fútbol argentina, hasta el pasado Mundial. Sí, algunos de los futbolistas seleccionados por Argentina carecen de educación, son deportistas repugnantes y debieran ser sancionados con muchos partidos. Pero los argentinos no son eso. Bebo en el rondo de vuestro mate, queridos. Vamos, vamos, Argentina.

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