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Opinión | Los imprescindibles

Cielo y mar encontré en tu mirada

Portada de La Muerte en Venecia de Thomas Mann.

Portada de La Muerte en Venecia de Thomas Mann. / L. O.

El amor y la muerte se dan cita en Venecia para envolver y seducir al protagonista de esta historia. Aschenbach, envejecido pero aún con deseos de ver mundo, siente la llamada de lo exótico. Siendo práctico, se contentará con Venecia: la ciudad encantada que, como un tesoro oculto bajo las aguas, se alza y se libera de ellas solo durante un instante, igual que en el mundo de los cuentos. Es un hombre llevado por la nostalgia y la búsqueda de lo auténtico.

Sin embargo, la muerte espía y acecha al viajero ya antes de salir; diversos indicadores y alusiones sutiles nos preparan para ello. La elección de Venecia no puede ser casual: es una bella ciudad muerta, un mausoleo de hermosura poblado por arquitecturas que guardan, entre sus oros y mármoles, las cenizas de un esplendor pasado. Allí le espera la plaga de cólera bajo la cual aparentemente perecerá. Pero no lo mata la enfermedad, sino el amor que siente por el joven Tadzio. El hermoso efebo polaco lo ha herido de muerte, encarnando la viva imagen del amor como solo Platón pudo concebirlo. En los sueños reveladores del viejo, el joven no es otro que un dios desconocido, una forma de Eros que lo ha embrujado.

Por él, solo por él, no abandona Venecia. Asume la herida de amor que entra por sus ojos cuando sus miradas se cruzan y, en su interior, calladamente, piensa: "Nunca debes mirar así". Amor y muerte se unen en la fatídica línea de costa golpeando a Aschenbach, quien contempla a Tadzio por última vez alzando la mano, como si señalara al cielo. Aschenbach ya estaba muerto; se puede decir que Tadzio lo fulminó con su mirada en aquel primer encuentro. Igual que en los versos de Pavese, la muerte vino y tenía sus ojos.

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