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Opinión | Las fuerzas del mal

Orgullo futbolero

La volea de Iniesta le dio el Mundial a España en Sudáfrica 2010.

La volea de Iniesta le dio el Mundial a España en Sudáfrica 2010. / L. O.

No me gusta el fútbol. El gol de Iniesta, hace 16 años, lo escuché como un eco en medio de la nada porque estaba cenando solo mientras las casas de alrededor gritaron al unísono, estremeciendo el cielo cuajado de estrellas que eran mi única compañía.

No me gusta el fútbol porque supedita los valores intrínsecos a cualquier práctica deportiva —desde el bienestar propio al espíritu de superación o al compromiso con el equipo— a un resultado. Un fin, una meta casi imposible de alcanzar y que muchos, entre ellos padres que llevan a sus hijos a entrenar, compran como si tuviera más certeza que un billete de lotería, mientras las administraciones públicas invierten cantidades ingentes en su promoción y mantenimiento. Insisto, no tendría mayor problema en estar equivocado, pero el hecho, por ejemplo, de que haya clubes que no dejen a los padres presenciar los entrenamientos o las escuelas me dice todo lo contrario.

En el pasado Mundial de Qatar, la organización inglesa Women’s Aid lanzó una campaña para concienciar sobre el aumento de la violencia de género que sucedía cuando Inglaterra perdía. Este Mundial, recogiendo el testigo de esa gran idea, la portavoz de Reform UK le dijo a la selección inglesa que siguieran ganando para que así los hombres pegaran menos a las mujeres y, además, avanzaran en la clasificación. Un win-win, no me lo negarán, que seguramente ha llevado a los de los tres leones a la semifinal. Y no entiendo por qué la han criticado tanto; podría haber sido peor. Sarah Pochin les podría haber dicho directamente a los hombres que, ni fútbol ni sanfútbol, que no pegaran a las mujeres, pero seguramente habría quedado mal con su base de votantes, que coincide ampliamente —al menos en el uso de la bandera de San Jorge— con esos hinchas cabreados que usan a sus mujeres de punching ball. Sería interesante ver cuál es la estadística en España.

No me gusta el fútbol y Borges me da la razón. Aun así, me alegro un montón de esta alegría colectiva que llena las plazas y las calles con televisiones puestas por los ayuntamientos, los servicios de limpieza dispuestos a hacer horas extras para limpiar la basura y la policía controlando que los hinchas no corran demasiado de alegría con los coches, aumentando ese gasto público que es un escándalo para cualquier otra cosa pero que aquí no importa. Prefiero, de verdad, quedarme con esa alegría, que me es relativamente ajena, por encima de mi indiferencia, aunque les tengo que señalar a los que reclaman un Orgullo hetero que ahí lo tienen, elevando a la enésima potencia el pan nuestro de cada día. La contradicción misma de «musulmán el que no bote» y Lamine trabajando como un jornalero sin papeles para que el equipo gane; todos muy españoles, pero los machotes riéndose de Borja Iglesias por ser futbolista y pintarse las uñas mientras juega en una selección nacional, y ellos, tan hombres, viéndolo por televisión. Solo faltaría que el presidente de la Federación Española, en la victoria, le plantara un beso en los morros a Ferrán Torres y esos mismos hinchas se escandalizaran. Así comprenderían a Jenni Hermoso o quizás sentirían cierta envidia. No sería el primer caso de ‘hetero hasta que me entero’.

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