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Opinión | Salud y rock and roll

Medir la vida en julios

Hay dolores que no se van con pastillas, se van con decibelios: se curan exponiendo la herida ante el sonido hasta que el pecho vibra

El lugar donde descubrí que la música es la mejor excusa para encontrarnos se llama Bilbao BBK Live.

El lugar donde descubrí que la música es la mejor excusa para encontrarnos se llama Bilbao BBK Live. / Belén Unzurrunzaga

La música para mí tiene una capacidad de reparación que la medicina no puede replicar. Hay dolores que no se van con pastillas, se van con decibelios. Se curan exponiendo la herida ante el sonido hasta que el pecho vibra, cierras los ojos, sonríes, tu cuerpo se deja llevar y el ruido de la cabeza se apaga. Un festival no es una fiesta; qué también, es un ‘hospital’ al aire libre al que cada uno acude con su propio diagnóstico a cuestas. También un lugar al que volvemos para medir cuánto hemos cambiado. El mío es una montaña de Bizkaia a la que subo puntualmente cada mes de julio desde hace una década. Mi primera vez allí, en 2016, no tuvo nada de idílica o sí, según se mire.

Llegué con el cuerpo roto y la cabeza destrozada. Mi único objetivo era estar lejos, apagar el teléfono, desaparecer entre la masa y dejar que el ruido ensordecedor de Arcade Fire aquel jueves tapara una realidad que no quería mirar. Buscaba amnesia; buscaba dejar de ser yo durante tres días. Nunca un plan salió tan bien. Sin embargo, el magnetismo allí arriba funciona al revés. No vas a esconderte, sino a descubrirte a través de los ojos y la energía de los demás.

En estos diez años he entendido que un festival es, en el fondo, un acelerador de partículas humanas. Un cruce salvaje de miles de historias individuales que, por unos días, deciden compartir y descubrir juntas: desde una banda increíble a las cinco de la tarde en un escenario secundario o que tu vulnerabilidad es exactamente la misma que la de personas que se cruzan en tu camino a muchos kilómetros de casa. Allí arriba conocí a personas que empezaron siendo un encuentro casual y hoy me siguen acompañando. Personas con las que aprendí el verdadero peso del verbo compartir. Cada uno de los que subimos a ese monte tiene su propia guerra, su propio duelo o su propia celebración privada. Pero durante un fin de semana, todas esas vidas se mezclan para formar una memoria colectiva. Mi refugio, el lugar donde descubrí que la música es la mejor excusa para encontrarnos, se llama Bilbao BBK Live. El Kobetamendi tiene algo, un lobo que aúlla, un ambiente festivo que atraviesa todas las edades, un bosque que te atrapa. Y además de la música, la gente de la que te rodeas. Esa con la que durante tres días te mandas fotos de laterales de escenarios para que te ubiquen, o compartes la liturgia de bajar de la montaña, disfrutar de los conciertos de la calle y después sentarte a recuperar las fuerzas en los templos de siempre. Porque en nuestra hoja de ruta no puede faltar la visita a Casa Rufo, donde el abrazo a José Luis, es tradición. Allí, entre croquetas caseras, un chuletón que resucita a cualquiera gracias a Miguel Ángel y botellas de vino que guardan historias, volvemos a la vida. Entiendo el debate sobre los festivales, su gestión y todo lo que les rodea, pero esto va de lo que nos pasa por dentro cuando se apagan las luces y empiezan a sonar los primeros acordes. Va de lo que sentimos cuando estamos allí arriba. De esa extraña tregua anual donde el cinismo de la vida adulta se congela durante setenta y dos horas.

Nada puede medir el valor de un amanecer compartido, ni el alivio de comprobar que tus amigos —y los que acabas de inventarte en la barra— siguen estando listos para saltar contigo cuando el suelo tiembla y suena esa canción. La industria tendrá sus fallos, pero el festival real sucede en los márgenes de los escenarios, en la complicidad de un mensaje de texto para encontrarse entre la multitud. En la risa floja del día siguiente, o en un abrazo largo en Lasai (un escenario de electrónica con Bilbao a sus pies). Es la necesidad humana y casi tribal de juntarnos a celebrar que, a pesar de las guerras de cada uno, seguimos aquí. A lo largo de estos diez años, la vida me ha pasado por encima de todas las formas posibles. He llorado pérdidas, he cambiado de rumbo y he acumulado cicatrices, pero también he aprendido a sanar. Este año el festival celebra sus dos décadas de historia; veinte años de música en la montaña que coinciden con los diez míos aprendiendo a sobrevivir en ella. He llegado a este vigésimo aniversario feliz, creo que mejor que nunca, con heridas que van curando y con la certeza de que Kobetamendi sigue siendo ‘mi hospital’ de campaña. Zorionak, Bilbao BBK Live.

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