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Opinión | El retrovisor

Fútbol en una noche de verano

El guardamenta del Real Murcia, Campillo, en los años 70.

El guardamenta del Real Murcia, Campillo, en los años 70. / Archivo TLM

En tiempos de la oprobiosa no se veían tantas banderas de España como ahora. La culpa la tienen los chinos y sus comercios. No hay ocasión más inocente para sacar la bandera que un partido de fútbol de la selección española; luego, los que la sacamos en otros aconteceres volveremos a ser fachas. Lo que viene al caso por el partido de esta noche: toda una final de la Copa del Mundo donde nuestra bandera ondea en manos de la afición futbolística.

Pantallas gigantes en plazas, en bares, televisores por aquí y por allá: buen momento para rememorar las jornadas de fútbol en verano y en cualquier estación del año. En otros días las playas no olían a cebolla ni la gente cenaba pizza. El personal cenaba, lo que había que cenar: hervido. El hervido podía ser de bajocas o de pésoles, con su cebolla y su patata, también de coliflor, con sus aromas entrañables; pero, en definitiva, era eso, hervido. También se cenaba sopa de letras y la obligada tortilla a la francesa. Daba igual que fuera invierno o verano. La única diferencia era que en verano ibas escocido gracias al bañador Meyba y en el invierno no.

El televisor adquirido a plazos era la estrella de la noche. Sí, allí encaramado sobre una mesa de largas patas metálicas, como una araña, centraba la atención de las noches estivales. Incluso el obligado voltímetro llamaba la atención gracias a su lucecita roja que indicaba que todo funcionaba correctamente.

El Real Murcia 73/74 en Primera División.

El Real Murcia 73/74 en Primera División. / Archivo TLM

En la calle, la melodía era la misma: música de cuchillos y tenedores golpeando el plato a la hora de la cena. La televisión en puertas o en ventanas, a la fresca. Una rutina con aromas de galán de noche y jazmines, igual que los telediarios, los que siempre se abrían con los bombardeos de los B-52 yanquis sobre Hanói. Lo importante llegaba después con el consabido y disputado partido de fútbol amistoso, salvo excepciones, de la selección española.

La jornada futbolística y quinielística eran patrimonio de los domingos, como bien expresaba Rita Pavone en su canción ‘El partido de fútbol’, mientras las sufridas madres de entonces se consolaban con permanecer en el hogar y, todo lo más, con alguna visita a familiares y amigos. Ellos marchaban al fútbol a la vieja Condomina. Tras el arroz y el pollo y el consabido pastel de carne familiar. Domingo sí, domingo no, a las tres y media de la tarde, el cabeza de familia se embutía en la gabardina -en demasiadas ocasiones con luctuoso brazalete- y se lanzaba como un poseso a ocupar su puesto en la grada del campo. Algunos, no contentos con su presencia física, portaban, allá por los sesenta, un transistor con funda de ganchillo con el que escuchar el Carrusel Deportivo. Todos soñaban con ser Genaro ‘El de los catorce’ y allí, el tímido administrativo, los prudentes funcionarios, el obediente empleado que pasaba las horas ajustando balances, se transformaban en feroces y rugientes hinchas que daban rienda suelta a la raza de la que hablaba Dionisio Ridruejo: "¡Hijo de mil putas!", le gritaban al árbitro o al jugador oponente del Real Murcia…

Puskás y el árbitro Cerezuela, en los años 70.

Puskás y el árbitro Cerezuela, en los años 70. / Archivo TLM

Al llegar el lunes ante la máquina Olivetti Lexington, volverían a disfrutar de aquel paradón de Campillo o se acordarían de la madre que parió al linier que nos robó el partido y nos dejó en Segunda División. Mientras que de reojo y a escondidas, sonreían ante el periódico con ‘La conquista de la cumbre’ de Baldo.

Todo y nada cambia. Esta noche, las plazas, bares y terrazas en el litoral o en la ciudad volverán a estar pendientes del televisor pese a la ola de calor que estamos sufriendo. España entera estará con su selección en Nueva York, guste más o guste menos el deporte fútbol. Toda una vorágine de aficionados de todas las edades y condiciones se dejará llevar por las jugadas de nuestros futbolistas, que dejarán patente el éxito o el fracaso con silencios o desgarradores gritos de júbilo que al unísono corearán el ¡gooool! Un grito atronador que se dejará oír en la distancia.

El juego está servido: Argentina y España frente a frente, ¡que gane el mejor!

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