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Opinión | Los imprescindibles

Todas las familias se parecen cuando mueren

Los Buddenbrooks de Thomas Mann.

Los Buddenbrooks de Thomas Mann. / L. O.

La familia Buddenbrook parece dueña de la Tierra, son los patricios más ilustres de una ciudad jamás nombrada por su nombre auténtico pero que no puede ser otra que Lübeck. El lector los conoce en pleno apogeo, están saliendo hacia una casa nueva, recién adquirida y preparada para recibirles. Parece un desfile wagneriano, los dioses caminando hacia el Walhala recién construido. El fundador Johann Buddenbrook aún vive. Pero ya desde el primer momento se les percibe portadores de su propia destrucción. El tiempo hace su obra, una obra de erosión y de desgaste, a través de las generaciones de la familia, cuyo dinamismo, así como la destreza en los negocios y enorme éxito se van ralentizando, sus fuerzas se paralizan y sus energías se agotan paulatinamente. Su hijo Jean es menos dotado para la lucha, más sentimental y más religioso.

Sin embargo, el verdadero punto de inflexión viene con sus hijos. Thomas vive como en una representación vacía en aras del deber y de la apariencia; su hermana Tony encarna el fracaso constante del amor y del matrimonio, y junto con su hermano Christian personifica el desequilibrio mental, la atracción de fuerzas disolventes, lo más contrario al espíritu burgués que los habían encumbrado. En el breve lapso de cuatro generaciones la familia se extingue.

El último heredero cierra el círculo. Hanno, portador del nombre del fundador de la saga (Hanno es, en tanto que diminutivo, un Johann pequeñito, una especie de Augústulo o Augusto menor), muere sin descendencia, joven, casi un niño, anticipadamente gastado, débil, sin voluntad de persistir, como un monarca de una estirpe agotada, cansada, desprovista de vida, entregado a la música, convertido en una mente eminentemente contemplativa, diletante, ajena a la lucha por la existencia.

La semilla de la extinción de la voluntad de vivir había ido anidando antes en cada uno de ellos, primero de manera imperceptible, como una especie de letargo o de melancolía, otras veces bajo la forma de la enfermedad o de la locura, estimulada por el cansancio, incluso por el espíritu disolvente de la música. Asistimos al triunfo de un destino aniquilador, destructor, que alcanza su plenitud y lanza su mensaje: vivir es un error pero el tiempo todo lo corrige.

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