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Opinión | De dioses y de hombres

El jardinero de hombres

La llegada de la paternidad a mi vida calmó bastante el ansia de explorador y buscador sempiterno de experiencias intensas

Huerto de los Mirlos.

Huerto de los Mirlos. / Gale

Siempre han convivido dentro de mí dos realidades aparentemente enfrentadas. Por un lado, un ímpetu fuertemente aventurero y alternativo que me ha llevado a viajar por muchos sitios dispares practicando deportes de riesgo y llevando, en ocasiones, mi vida a límites peligrosos. Y, a la misma vez, cohabita en mi interior una parte serena, amante de los libros, de lo contemplativo y filosófico. Mis amigos de hazañas se acostumbraron a verme acompañado -en cumbres inhóspitas- con algún pequeño libro de poesía. La llegada de la paternidad a mi vida calmó bastante el ansia de explorador y buscador sempiterno de experiencias intensas. Los libros siempre fueron, en todo ello, fundamentales: amaba conocer y leer vidas fascinantes, prodigios realizados por personas comunes que se convertían en extraordinarias. También recuerdo, desde niño, la fascinación porque me contaran historias; historias de otros tiempos, de la infancia de mis abuelos o de un mundo que ya no existe pero que fue verdad para muchos. Todo eso ha configurado -de diversas formas- lo que soy, mi manera de estar y de enfrentarme al mundo.

Hace unos doce años heredé un terreno que perteneció a mi abuelo paterno. Un terreno rico y fértil alimentado por las aguas del Segura. Está situado en el paraje llamado -desde antiguo- de la Condomina; lugar que, históricamente, perteneció a la militar orden de Santiago, en el pueblo de Lorquí. Después de mucho meditar y valorar los pros y contras, me decidí a crear allí un jardín. En realidad, el término más correcto sería el de una “huerta ajardinada”. Una recreación paisajística inspirada en los huertos señoriales de recreo -relativamente frecuentes por estos lares- entre la segunda mitad del siglo XIX y principios del siglo XX. Sabía que era prácticamente un proyecto de vida, que necesitaría un trabajo arduo y constante a lo largo del tiempo que me restara por vivir. Frutales de casi todas las variedades se mezclan con cipreses, olmos, chopos o saucos, entre otras especies. Las flores, diversas en su multitud, se suceden por las distintas estaciones, al tiempo que jalonan, y personalizan, todos los rincones de la parcela. Un pequeño puente japonés cruza uno de los dos pequeños jardines acuáticos que existen al tiempo que divide el huerto por su centro. En los espacios con agua viven peces, que han criado hace poco, y numerosas ranas que van y vienen según su antojo. Este particular sueño se ha convertido en una de las mayores felicidades de mi vida, un espacio que me aporta paz y sosiego frente a un mundo que me es hostil en muchas ocasiones.

Es evidente que algo así requiere mucho trabajo de mantenimiento, mucho más de lo que suelo poder ofrecerle. En todos estos años he buscado diferentes personas para que me echaran una mano. Ansiaba alguien que entendiera mis indicaciones y pudiera ser ayuda real en el cuidado de mi vergel. No ha sido fácil y los resultados, en muchas ocasiones, han resultado frustrantes. Hasta que me encontré – acaso por azar- con Salomón. Salomón es un hombre fuerte, de perenne sonrisa, que nació en Camerún hace cuarenta y un años. En nuestras intermitentes relaciones de jardinería, fui comprobando la honradez y profesionalidad con la que cuidaba mis árboles y plantas. También las buenas maneras en el trato, la educación y seriedad en la realización de cada cosa que le pedía. No tardé en conocer que trabajaba, principalmente, como repartidor de mercancías y que estudiaba, a la vez, quinto de medicina. Pasó bastante tiempo hasta que me atreví a pedirle -un día entre desbroces- que me contara la historia de su vida. Salomón huyó de su país con diecinueve años, ante la seguridad de que allí no podía avanzar ni ser feliz. Me contó que era cristiano, frente a su familia paterna que era musulmana. Por cierto, Camerún está gobernado -férrea y corruptamente- por el que muchos consideran el dictador más longevo del mundo en la actualidad. Me habló de su itinerario por diferentes países de África, de diferentes trabajos, de sus penalidades y también fortunas, hasta llegar, finalmente, a Murcia. En Melilla hizo amistad con un matrimonio cuya protección fue fundamental para él. Ellos le ofrecieron una casa libre que tenían en Molina de Segura. No sabía español, me sorprendió, aún más, porque lo aprendió leyendo la Biblia en castellano. Después de diferentes trabajos, se preparó la prueba de acceso a la universidad para mayores de veinticinco años: quedó el segundo por nota. Actualmente está, a falta de una asignatura, preparándose el Mir. Le gustaría especializarse en neurocirugía. Escuchando su historia -mirando a sus ojos- sentí gran admiración y un sincero respeto. Me alegro, profundamente, del día que entró a forma parte de la historia del Huerto de los Mirlos y, aunque yo voy a perder al mejor ayudante de jardinero que podía imaginar, el mundo va a ganar a un nuevo médico con una historia de superación y esfuerzo épicos y ejemplares. Cuida a los hombres, amigo, igual de bien que has demostrado saber hacer con los árboles que nos cobijan.

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