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Opinión | Los imprescindibles

Rudyard Kipling: Una pieza en el gran juego de la vida

Kipling

Kipling / L. O.

Oriente y occidente se encuentran en una sola persona, y esa persona es un niño. Tal es el punto de arranque de Kim, la célebre novela de Rudyard Kipling. El joven, de ascendencia británica, vive solo y desamparado sin conocer verdaderamente su origen, más allá de noticias animadas por el leve impulso de la memoria, mezcladas peligrosamente con imaginaciones infantiles. Kipling se goza en mostrar a través del niño aquella infancia de la inteligencia, la subordinación de la razón a lo legendario y lo místico que los pueblos europeos han atribuido siempre a las naciones que conquistaron durante el auge de los grandes imperios coloniales, de los cuales el Británico fue el mayor del mundo sin discusión posible.

El relato de la vida de Kim se plantea como una historia de formación y de autodescubrimiento. Hay una clara consideración hacia el mundo del oriente, mucho menos destructiva, menos etnocéntrica y autorreferencial de lo que cabría esperar en la mayoría de los publicistas de los tiempos de Kipling (y todavía, por desgracia, de nuestra propia época). Un santo peregrino budista en busca de su revelación final juega un papel importante en el propio despertar de Kim. Kim es inteligente y bello, hábilmente se mueve entre las etnias de la India como si fuera uno más de aquella masa humana heterogénea de lenguas, cultos y colores de piel. Sus sorprendentes dotes le convierten en una pieza perfecta para el espionaje en medio de la gran partida de ajedrez que juegan los imperios ruso e inglés sobre el solar milenario de la civilización hindú y sin que ella participe en nada de su destino, reducida a la categoría de botín de guerra.

Vemos a Kim más humano cuando está en compañía de su santón, de su peregrino, por más que la relación se deba al interés y la necesidad de pasar desapercibido ante los agentes enemigos, no puede negarse que estamos ante una de las amistades más hermosas de todos los tiempos, sólo comparable a la de Sancho (el hombre realista que aquí es Kim) y don Quijote (que aquí es el soñador budista, que muere con la seráfica visión en los ojos del paraíso de Buda que había estado buscando en compañía de Kim). Tan bella es esta amistad, que perdonamos de buena gana la injusta condescendencia con que Kipling trató a los pueblos de la India.

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