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Opinión | Boulevard Flandrin

La camiseta de Lamine

Lamine Yamal, durante el Portugal-España.

Lamine Yamal, durante el Portugal-España.

A los abejarucos, como llamamos a los críos en algún pueblo de la Región, las camisetas siempre les quedan grandes. Los nombres también. A mi sobrino la de Lamine Yamal le baila en los hombros como la de Boca que le traje de La Bombonera. Los niños crecen así: primero dentro de sus sueños y después dentro de la ropa. Él no puede leer el nombre escrito a la espalda. Ningún niño puede hacerlo sin un espejo. Ahí empieza la discusión: en lo que los adultos decidimos leer dentro de él. Mi sobrino solo ve a Lamine recibir el balón y obligar a la geometría a desdecirse. Donde parecía acabarse el campo abre una calle; donde había un defensa deja una pregunta. Algunos regates no esquivan defensas. Esquivan destinos.

La otra camiseta convierte el pasillo en La Bombonera. Allí Maradona dijo que la pelota no se mancha. Lo sabía alguien que creció con barro en las botas y aprendió que lo más sucio de la vida no estaba en Villa Fiorito, sino en la mirada de quienes confundían el punto de partida con el techo. La camiseta de Lamine habla también de una España que conjugamos en futuro mientras ya madrugaba entre nosotros. Abría persianas, cuidaba a nuestros mayores, llenaba aulas. Es la España de Latifa, de Wang, del hermano de Lamine y de la muchacha de padres marroquíes que ya es más archenera que los Baños. No son una nota al pie. Son el texto que escribimos, con borrones y páginas arrancadas. La historia casi siempre empieza en letra pequeña. Luego descubrimos que aquello era el título que hoy reina en la prensa del mundo, chaval. La realidad cotidiana no va repartiendo navajazos. Discute, se incomoda y tropieza, pero encuentra una manera de seguir viviendo junta. Conocemos mejor el escándalo de ayer que al vecino del ascensor. La convivencia casi nunca hace titulares: se parece demasiado a la vida. Ramón Besa escribió que nadie ama al balón como España. Lo demostramos ante la Francia de Mbappé, convertido en un cromo dentro del álbum. España avanzó moviendo la pelota: progresar no consiste siempre en correr más, sino en encontrar al otro. Fuera podríamos hacer lo mismo: moverla no contra nadie, sino hacia alguien.

La intolerancia ha aprendido modales. Ya no siempre desfila ni levanta la voz. A veces sonríe, pregunta de dónde eres realmente y se sorprende de lo bien que hablas. Parece curiosidad, pero funciona como una aduana: obliga a unos a demostrar una pertenencia que a otros se les concede de nacimiento. Los prejuicios cambian de ropa; la intención permanece. Si necesitas un apellido para decidir cuánto merece alguien, el problema nunca estuvo en ese apellido. Si Lamine se llamara Luis y Wang, Vicente, ¿seguirías preguntando lo mismo? Detrás de esa camiseta hay una madre, quizá soltera, que la lava del revés para que el nombre aguante otro verano. Huele a detergente, a patio de colegio y al sol que deja las pinzas marcadas. La sacude antes de tenderla, como si pudiera desprender los prejuicios pegados a la tela. Hay quien entiende una bandera como escritura de propiedad cuando debería verla como una dirección compartida. Las banderas nacieron para entenderse con el viento, no para discutir con los vecinos. También se arrugan cuando sirven demasiado para señalar y poco para abrazar. Recuerdo que las camisetas de mi infancia llegaban al hermano pequeño con un gol menos y una historia más. Las buenas herencias son así: vividas, remendadas, ensanchadas.

Hagamos con esta casa común lo mismo que con las camisetas de estos críos y crías: no guardarla en un armario para que permanezca intacta, sino darle más aire cada vez que la vida empiece a quedarle grande. Las camisetas pierden el color. Ojalá los prejuicios aprendieran también a hacerlo.

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