Opinión | Pasado a limpio
Yo sé quién soy

Una ilustración de Don Quijote. / L. O.
Un vecino del pueblo encontró a D. Quijote maltrecho por la paliza recibida tras el encuentro con los comerciantes de Toledo que viajaban a Murcia para comprar seda. El hidalgo imagina la gloria de sus futuras hazañas y ya se cuenta encumbrado entre los más afamados caballeros, por más que la sangre brotaba bajo su yelmo y las contusiones de su cuerpo y el peso de la armadura le impedían alzarse del suelo sin la ayuda de su paisano.
La admiración por Cervantes trasciende lo literario, pues su relato de las aventuras del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha es un sutil tratado de Psicología siglos antes de que esta disciplina alcanzara estatus académico. No necesita Cervantes un ensayo científico, pues la narración de las desventuras de su protagonista nos presenta al hidalgo en la línea indeleble entre locura y cordura. En el trance, el problema de la identidad se aborda indirectamente, a través del relato y de este breve parlamento, como un delicioso y literario delirio.
La busca de la propia identidad es una constante en nuestra existencia de seres pretendidamente racionales desde que empezamos a tener consciencia a la sombra de nuestros padres. La rebeldía adolescente tiene mucho que ver con esa búsqueda, en la que nos sorprendemos al descubrir rasgos de nuestros antepasados en nuestra imagen especular o cuando tomamos conciencia de algunos ademanes que son reflejos adquiridos de nuestros progenitores, como una herencia imposible de repudiar. Afortunado aquel que sea capaz de reconocer a sus ancestros en su propia sonrisa, tal vez la más genuina de las joyas familiares y tan indispensable en el afán de alcanzar la felicidad.
La introspección es huera, pues nuestra propia conciencia tiende al engaño, siquiera sea por instinto de supervivencia. Es más objetiva la visión externa, como la del paisano que reconoce al hidalgo manchego al levantar el yelmo. Sin embargo, también en esa visión externa tiene sus trampas.
Valoramos positivamente el número de nuestros amigos, pero es difícil saber si nos quieren por lo que somos o por lo que tenemos. Verbigracia, a Donald Trump no le faltan aduladores, como Rutte o Infantino, prestos a reconocerlo como príncipe de la paz, aun cuando haya salido de las mismísimas tinieblas de Epstein. Ahí está, endiosado en su paranoya narcisista, tal como el arcángel Uriel con su flamígera espada. Ciertamente, su arsenal es de fuego, mas tiene poco de instrumento angelical.
Ejemplos más cercanos son nuestros expresidentes, González, Aznar, Zapatero y Rajoy. Un expresidente es un valor apreciable para lobistas y otros grupos de presión. Los primeros no pueden ser más engreídos recipiendarios valores patrios. Desde sus acomodados asientos de consejeros de poderosas multinacionales, dan consejos o lanzan consignas que para sí hubieran rechazado con fiero enojo. Zapatero quiso ser menos servil al gran capital y ahora se ve acosado judicialmente, sin padrino que le defienda y con la misma CIA fabricando pruebas contra él.
Ahí tenemos a Rajoy, ajeno a la brega política, a la que asiste desde las bambalinas de su regalado Registro Mercantil de Madrid, protegido por sus lictores romanos portadores de los fasces, encarnados en una judicatura reacia a averiguar la identidad de M. Rajoy. Reconvertido al oficio de la pluma, pese a sus cuestionables dotes oratorias, su especialidad es la deportiva y nos deleita con análisis futboleros que firmaría Perogrullo. Hete aquí que cometió un inoportuno desliz, pues dijo que la fabulosa selección francesa juega sin franceses.
Nicolás Fernández de Moratín nos cuenta el asombro de un fidalgo portugués porque en su más tierna infancia, todos los niños en Francia supiesen hablar francés. Algo parecido le debió pasar a Rajoy, que no se explica cómo la nacionalidad es independiente de la raza. Si alguna virtud tiene su aserto es haber unido en la misma indignación a gobierno y oposición de la vecina república. ¡Allons, enfant de la patrie!
Los guardias de corps de su partido salen en su defensa. Semper dice que no ha sido malintencionado, ¡sólo faltaba!, y que sus palabras son puro sarcasmo. Pero si tiramos de tan socorrido recurso literario, aún tiene menos sentido, pues un expresidente no debería ofender al vecino país, aliado e inmejorable socio comercial. A Rajoy sólo le vale el certificado de limpieza de sangre para asegurarse que en las selecciones occidentales sólo jueguen cristianos viejos.
Acabado el partido, algún amigo debiera desempeñar el papel de aquel esclavo que, sujetando la corona de laurel, susurraba al oído del general en triunfo: "¡Mira tras de ti! Recuerda, que solo eres un hombre, toda gloria es efímera, recuerda que eres mortal".
Para eso, los antiguos próceres necesitarían amigos auténticos que, como los nuestros, amable lector, nos quieran por lo que somos y no por lo que tenemos, pues pocas son nuestras posesiones, mas verdaderos los amigos.
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