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Opinión | Pan para hoy

Fernando Vera

Cronista taurino

Ulises nació en el barrio del Carmen

Ulises nació en el Barrio del Carmen.

Ulises nació en el Barrio del Carmen. / L. O.

La noche anterior, mi padre me había dicho que saldríamos temprano. No me dijo adónde por más que le ametrallase a preguntas que se sucedían incansablemente como jabs de Iván Drago. A las ocho de la mañana salimos camino de Valencia. Allí vi yo mi primera corrida de toros.

Con quince años, como todos los chavales, estaba en contra de todo. Eso de la tauromaquia era una cosa sádica, una invocación de sacerdotes rancios quemando incienso con olor a puro habano en honor de la más casposa de todas las Españas. Henchidos de juventud, mirábamos aquella tarde mi hermana y yo a nuestro padre, que lejos de hacerse una hormiguita, nos dijo que antes de criticar la Fiesta tendríamos que saber de qué hablábamos. Tiempo después, dispuesto a negar la mayor, busqué desde mi tablet algo así como "Corrida de toros completa San Fermín". En el salón de mi casa se desmoronó mi soberbia de niñito de pueblo venido a más en la ciudad. Descubrí mil emociones prohibidas, el evento más verdadero. Solo la muerte era tan auténtica, y un torero peruano que parecía no conocer el miedo me enseñó lo que era pasársela por la faja.

Llegamos a la Albufera para el arroz. Desde ahí partimos al hotel en el que se vestía Rafaelillo. Los hoteles de los toreros tienen algo de cenáculo, un sobrecogimiento apostólico ante el enfrentamiento con la muerte del mejor del pueblo. Su hermano y mozo de espadas consideró que no era prudente acceder a la habitación en aquel momento. Un año después, en Santisteban del Puerto, pude subir al cuarto antes de la hora de la comida. El verano gobernaba los olivos infinitos, y solo las chicharras y el crujir de las maderas, como una matraca en Viernes Santo, se atrevían a recordarnos que estábamos vivos. Al rato, ya en el patio, llegó el matador. Aquel año comencé a espigar, y no me dejó ponerme de pie para ahorrarme la evidencia de que en su corta planta cabía tres veces más bizarría que en mis centímetros recién adquiridos.

Ese mismo verano, un toro de Miura le destrozó en Pamplona trece costillas. Tuvo al torero como un pelele, jugando al frontón con su cuerpo contra las tablas. En 2025, uno de José Escolar le partió ocho, agujereándole el pulmón. Desde la antesala de la muerte consiguió cazar a su oponente con un espadazo imposible. A día de hoy, sigue sin poder volver a torear, recuperándose de las secuelas.

En Valencia, la tarde de mi debut, Emilio Morales lloraba mientras le contaba por teléfono a su mujer el esfuerzo de Rafaelillo. Años después descubrí a Homero, aunque yo ya había visto a Ulises vestido de grana y oro.

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