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Opinión | El que avisa no es traidor

Ignorante Albares

El periodista marroquí Alí Lmrabet.

El periodista marroquí Alí Lmrabet. / RSF

La detención del periodista Alí Lmrabet a su regreso temporal a Marruecos desde Barcelona, donde reside, vuelve a poner el acento en las características del régimen que encabeza el monarca Mohamed VI y la connivencia que encuentra en España para sus prácticas autoritarias, por no decir dictatoriales.

Lo segundo es lo que más importa aquí y ahora. Porque los defensores de la libertad de prensa hacen un continuo ejercicio de cinismo sobre Marruecos, donde ese derecho fundamental se respeta tanto como muestra el arresto de Lmrabet por "difusión de informaciones falsas y contra las instituciones del Estado", auspiciado por las denuncias recientes de organizaciones progubernamentales marroquíes.

Lmrabet no es ni un revolucionario ni un antisistema, como cualquiera diría por la persecución sistemática a la que es sometido por el régimen marroquí desde hace décadas. Se vio forzado a vivir en Barcelona, de donde es su mujer, tras serle prohibido ejercer el periodismo en 2003 por atreverse a publicar en un medio digital reportajes sobre los refugiados saharauis en Tinduf (Argelia).

El caso Lmrabet no es sino la continuación de la sumisión española a la política exterior marroquí desde que en 1975 el ahora Emérito puso la cara para consumar la traición de la dictadura franquista a la autodeterminación del Sahara Occidental. Desde entonces, esa ha sido la tónica. Se han sucedido varios gobiernos democráticos en Madrid y dos reyes en Rabat: nada ha cambiado en 50 años.

El círculo más próximo al monarca alauí (Majzén) sabe que no es necesario correr un tupido velo en España sobre sus malhechos: está firmemente atado y los primeros que procuran que siga así son los sucesivos ministros de Exteriores, alguno de ellos destacado lobbista promarroquí, y unos cuantos periodistas españoles que ven sus bolsas infladas directa o indirectamente gracias a la fraternal amistad que une a los dos pueblos.

Pero lo del actual canciller José Manuel Albares es ignominioso: decir que ignoraba la detención de Lmrabet tras explayarse sobre la estupidez racista del registrador de la propiedad ajena más famoso de España, raya el ridículo. Quizá sí se acuerde de por qué cesó su antecesora Arantxa González Laya: a petición marroquí por permitir la entrada a Brahim Ghali, líder saharaui, para hospitalizarse en Logroño.

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