Opinión | La Feliz Gobernación
Los fuegos que no se apagan

Vistas aéres durante y depsués del incendio de Los Gallardos. / L. O.
Me contaba un exdirector de la televisión autonómica gallega que tenían que ser muy cuidadosos con las noticias que emitían durante los fines de semana, porque eran los días en que el entonces presidente de la Xunta, Manuel Fraga, solía descansar en casa. Y, naturalmente, sintonizaba ‘su televisión’. Cuando aparecía alguna información que le disgustaba, llamaba enfurecido al director, sin encomendarse a intermediarios.
Los meses de verano eran especialmente complicados, porque en Galicia y en aquel periodo se prodigaban los incendios, y por mucho que la TVG tratara de minimizar su impacto y de estrechar el minutaje que dedicaba a dar noticia de ellos, para Fraga esa atención siempre era desmesurada.
En ese contexto, un día el presidente de la Xunta dejó expresamente claro ante el director de la tele su punto de vista acerca de cómo tenían que enfocarse las informaciones sobre tales sucesos: "En Galicia no hay incendios; se apagan". Un incendio, según esa teoría, no es noticia cuando se produce y se desarrolla sino cuando es sofocado.
De manera menos explícita, pero consecuente con ese criterio, ocurre hoy en España lo mismo con este tipo de dramas. Basta que la vida quede alterada por uno de esos acontecimientos para que los ciudadanos sufran una doble violencia: de un lado, la propia del hecho, y de otro, la controversia política subsiguiente, que ni siquiera espera a que se apaguen los fuegos. No tardaron demasiado el popular Tellado y el socialista Puente en protagonizar un agarrón a cuenta del incendio en Los Gallardos, antes de intentar analizar uno y otro las posibles causas y la idoneidad o no de las medidas iniciales y, sobre todo, sin paciencia para esperar al debate posterior clave, que debiera consistir en las propuestas para la conservación segura de las masas forestales y el marco colaborativo entre las Administraciones.
Los agentes de la polarización parecen estar aguardando a que surja la tragedia para atribuírsela al otro mientras bomberos, militares y voluntarios hacen su arriesgadísimo trabajo sin el estímulo del respaldo de la clase política, enzarzada en avivar otros fuegos, de los que no se apagan.
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