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Opinión | Los imprescindibles

Profesor de Historia Antigua de la Universidad de Murcia. De la Real Academia Alfonso X el Sabio

Canto de alabanzas sobre la tierra desolada

Portada de La peste escarlata de Jack London.

Portada de La peste escarlata de Jack London. / L. O.

De entre todos los autores del mundo Jack London tiene un papel determinante en mi infancia, gracias a la recreación de los paisajes nevados de Alaska, gracias a los personajes caninos, a los líderes de los trineos tirados por perros, a potentes e invencibles canes como Buck o Colmillo Blanco. La naturaleza siempre es sublime en los relatos de London. Sin embargo, puede existir sin conocer la piedad, sin la misericordia. Jack London tenía una negra aureola trágica que nimbaba su cabeza, las negras alas de un ángel le acunaban.

La peste escarlata es una novela sobre una gigantesca pandemia que reduce el número de humanos vivos a la mínima expresión. Una enfermedad desconocida se abre paso en un mundo recientemente globalizado. La revolución de los transportes, la conversión del mundo en un circuito global intercomunicado ha hecho posible la expansión de una enfermedad más virulenta que la peste negra. La ciencia sí logra describir una vacuna, una vacuna que es efectiva, y lo hace en un tiempo breve. Sin embargo, la plaga ha avanzado demasiado, bien puede decirse: spes dedit alas. La vacuna no se distribuye ni llega a fabricarse. La sociedad se desmorona y pone al descubierto la naturaleza cruel del ser humano cuando no está bajo el yugo de la autoridad. Así era como Jack London entendía el comportamiento social del hombre, desaparecido el amparo protector de las instituciones, cuando colapsa el dique de la autoridad, se libera la bestia humana que brinda mayores posibilidades de supervivencia a quien muestra otros tipos de aptitud más allá del saber científico, técnico o cultural.

Los fuertes son los que sobreviven, los brutales, los homicidas, aquellos que antes poblaban las cárceles o eran condenados a la marginalidad, se convierten en los señores que reinarán sobre los restos de una civilización que va cayendo en el olvido. De sus ruinas emergerán sacerdotes, guerreros y reyes, repitiendo los arquetipos humanos que del salvajismo emprenderán nuevamente el camino lentamente hacia formas de superiores de cultura, con el paso de los siglos, para volver a repetir todos los errores que desde las cimas de la brutalidad y la ambición nos lanzaron a los abismos.

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