Opinión | El que avisa no es traidor
El sopor de la tragedia

Un edificio derrumbado por los terremotos en Venezuela / Laura De Chiclana
La tragedia del terremoto en Venezuela se va difuminando de las portadas de los diarios escritos y audiovisuales al tiempo que crecen los números de heridos, desaparecidos y muertos, este último con las mayores probabilidades de aumentar aterradoramente. Recuerdan los suelos de pisos apilados como sándwiches en La Guaira esas imágenes que ya no causan pavor de los edificios planchados en Gaza por los bombardeos israelíes.
La de Venezuela es una catástrofe que sigue el curso mediático habitual de casi todas las demás: unos días en primera página y luego se va diluyendo para quienes se informan, retrocediendo páginas y perdiendo espacio hasta desaparecer y ser regurgitada de vez en cuando durante un breve tiempo, pero ya a título de mero inventario, favorecido el paulatino olvido, como tantos otros, por el paso del tiempo.
Si además la canícula está presente en el hemisferio norte occidental, el sopor veraniego reemplaza antes el desasosiego que hacen sentir determinados dramas actuales. Como el de Irán, iniciado por decreto caprichoso del enajenado multimillonario rubicundo que quiere bailar en el Ala Este de la Casa Blanca por 600 millones de dólares, quizá para celebrar que es capaz de simultáneamente machacar a medio planeta como está haciendo con la agresión coordinada con Israel contra la vieja Persia.
Igual que Venezuela pasa a ser material de archivo en los medios, otros conflictos también lo hicieron en su momento. Pasó en Sudán del Sur, el sur de la República del Congo o los territorios fronterizos del Sahel entre Mali, Níger y Argelia. Un norte también: el de Nigeria, donde el terrorismo islamista hace estragos. Con Ucrania no hace falta insistir porque su proximidad al Norte rico y los intereses estratégicos de la OTAN hacen presente continuo de su conflicto. Sobre el que es necesario no quitar nunca el acento –aunque intente taparse bajo los intereses de los dominadores criptofinancieros de quienes gobernarán durante un tiempo la sala de baile del mundo mundial– es Palestina.
Mientras Washington parece que pretende convertir su intento de asalto a la teocracia iraní en otro conflicto que sería también de baja intensidad si no fuera porque el mundo se asfixia sin el petróleo que pasa por el estrecho de Ormuz, la destrucción no solo de Gaza sino también de toda la Palestina realmente existente según la legalidad internacional prosigue. Los extremistas de derecha israelíes agrupados en torno a Netanyahu, cobijados bajo los fuegos artificiales de la agresión a Teherán, prosiguen su trabajo de convertir en tierra quemada lo que todavía aparece en los mapas como Gaza y Cisjordania para alcanzar su pretensión delirante de construir el Gran Israel.
No hay otro Forges que escriba todos los días ‘pero no te olvides de...’ como él lo hizo durante cinco años con Haití. Solo determinadas oenegés se ponen pesadas, y hacen bien, reclamando el recuerdo para esas tragedias ocultas. En Israel, aisladas en un océano de radicalismo ultrarreligioso y derechista, Paz Ahora y Kerem Navot alertaron el pasado martes del "desmantelamiento sistemático del espacio palestino" y pidieron a la comunidad internacional una intervención para impedirlo.
En Gaza, el Gobierno israelí apoyado por una gran mayoría de la población judía, hizo ese desmantelamiento a base de bombardeos. El número de muertos se acerca vergonzosamente a los 80.000, la inmensa mayoría civiles. En Cisjordania, las Fuerzas de Defensa Israelíes (FDI, Tsahal), que deberían cambiar su nombre por ‘Fuerza de Agresión’, realizan ese mismo desmantelamiento mediante bulldozers y maquinaria de demolición: expulsan a ciudadanos palestinos de sus viviendas para derribarlas y multiplican los planes y las acciones para crear nuevos asentamientos de colonos judíos tanto en la ‘zona C’ (limítrofe con Jordania) creada por los Acuerdos de Oslo como en el territorio administrado por la Autoridad Palestina. En el camino van quedando decenas y decenas de muertos.
Pocos se resisten ya a llamar ‘genocidio’ a lo que ejecuta el Israel de Netanyahu en los territorios palestinos desde 2023, mientras el sopor de la tragedia se confunde con el del calor del verano en el hemisferio norte.
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