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Opinión | Las fuerzas del Mal

Decir el nombre

El presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid nos acusa al colectivo de soberbias. Divinas, fantásticas, reinas, emperatrices, como esas heroínas del melodrama de Douglas Sirk, forzadas a ser así porque un pasado de humillación, insulto y tantas bofetadas que ya no nos quedaban mejillas que ofrecer nos ha enseñado que la única manera de afrontar este mundo es dejando que el cielo nos juzgue, pero no consentir ni una humillación más en esta tierra, sobre todo cuando no hay razón ninguna

Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas.

Oscar Wilde y Lord Alfred Douglas. / L. O.

Una vez pasado el mes del Orgullo, entramos en el mes del Prejuicio. Es una verdad universalmente reconocida que un hombre poseedor de una inmensa bilis necesita escupirla en algún sitio, así que Federico Jiménez Losantos —¡por la Virgen, Federico!, para los amigos— ha sentido la urgente necesidad de detallarnos su opinión sobre la manifestación LGTBIAQ+ del pasado fin de semana en Madrid. Es una opinión que no hay por dónde cogerla y parece más una pataleta que un artículo digno de una otrora ilustre cabecera, El Mundo, donde escribieron Mendicutti y Gala.

El artículo tiene repercusión porque la tinta se la da el periódico, pero es un artefacto tan torpe e infecto que les voy a ahorrar reproducir los argumentos salvo por dos: de los delitos de los que acusa al colectivo LGTBIAQ+ pone ejemplos presuntos encarnados en personas heterosexuales y, mientras dice que la condición humana va más allá de encasillamientos, niega la posibilidad de la autodeterminación de género. ¿Es que no hay nada más lejano al encasillamiento que autodeterminarse? ¿En qué quedamos, Federico?

Apenas se han apagado los ecos de ese artículo, el presidente de la Conferencia Episcopal y arzobispo de Valladolid nos acusa al colectivo de ser soberbias. Por supuesto, y además divinas, fantásticas, reinas, emperatrices, heroínas lanaturners de un melodrama de Douglas Sirk, forzadas a ser así porque un pasado de humillación, insulto y tantas bofetadas que ya no nos quedaban mejillas que ofrecer nos ha enseñado que la única manera de afrontar este mundo es dejando que el cielo nos juzgue, pero no consentir ni una humillación más en esta tierra, sobre todo cuando no hay razón ninguna. Ser presidente de una Conferencia que ampara las terapias de conversión, cuando se ha demostrado fehacientemente que no sirven para nada, porque no somos enfermos, y que hacen daño, cae más cerca de la tortura que de la piedad y, si Dios creó al hombre y a la mujer a su imagen y semejanza, algo de no binario tendrá, digo yo...

El asunto de fondo de Federico y de Su Excelencia Reverendísima, tratamiento de una franciscana humildad donde los haya, es que nos quieren discretas, calladas, ocultas y en silencio, navegando por los meandros de las sombras porque la luz no nos pertenece. Nos quieren mencionados en perífrasis de sonetos del amor oscuro donde ese amor no puede decir su nombre. Ese amor incapaz de nombrarse, verso de lord Alfred Douglas, el amante que llevó a la ruina a Oscar Wilde, lo mencionó el propio Oscar en su alegato frente a la corte que lo condenaría, a falta de un nombre verdaderamente propio, uno que no fuera un insulto.

El principio es el verbo, y reclamar nuestro poder para nombrarnos es conquistar nuestro derecho a estar en este mundo sin necesidad de explicación ninguna y, hasta que ese derecho no sea real en todos y cada uno de los rincones de este mundo, hemos de insistir en nombrarnos mientras denunciamos lo que ese silencio quiere hacernos. Lo que le permite a Jaime de los Santos llamarse maricón en la tribuna del Congreso es que antes muchos otros hemos reclamado ese nombre también, levantando nuestro rostro limpio de mancha, siendo fuertes y sin temor, con orgullo frente al prejuicio.

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