Opinión | Salud y rock and roll
Colágeno

Colágeno. / Pinteres
Queridos lectores, sobre todo vosotros, los hombres: quizás el texto de hoy no sea para vuestros ojos, pero creedme si os digo que os puede ayudar. Quedaos, aunque solo sea por pura curiosidad antropológica o para saber a qué os enfrentáis cuando os despertáis al lado de una mujer de mi quinta. Acompañadme a descubrir la realidad sin filtros de esa generación que la ciencia y la sociedad insisten en medir y juzgar según sus niveles de estrógenos.
Os pongo en situación: casi 49 años. De entrada, desmontemos el mito clínico: mi calendario se sigue tiñendo de rojo cada mes y no sé lo que es un sofoco. Cosa que celebro cada día, puesto que más pronto que tarde experimentaré la mutación interna de mi cuerpo, como tantas mujeres. El problema no es la menopausia; mi problema es la física. La ley de la gravedad ha decidido dejar de ser una teoría científica y la carne, simplemente, se va cayendo con una parsimonia insultante. A nuestra edad, asumámoslo, casi todo son pérdidas: pierdes el pelo, pierdes la paciencia y aparece esa flacidez o caída de la piel en los brazos, que he descubierto se llama ‘alas de murciélago’ y si te da un ataque de risa floja o un estornudo traicionero, pierdes hasta la orina. Es lo que hay.
Ante este panorama, veo a mi alrededor una neurosis colectiva que me fascina. La gente ha entrado en pánico y corre a pincharse bótox o a tragarse botes de suplementos en polvo con la esperanza de obrar un milagro. Es como intentar parar un tsunami con un folio. Una resistencia inútil y carísima contra el reloj. ¿Por qué hay que ser eternamente joven? ¿Por qué tenemos que parecer que tenemos 30? Basta ya de esta tiranía de lo estético. Yo, por mi parte, he decidido plantarme ante el espejo con otra actitud. Nos miro a las de mi generación y, por lo general, no nos pongo una pega. A ver, no todo es perfecto, pero considero que estamos como esos pisos antiguos del centro histórico: con solera, carácter y listos para entrar a vivir. Sí, vale, quizás haya algún crujido en la estructura, las tuberías no sean las de un edificio de obra nueva, pero conservamos todo el encanto.
Y si me preguntáis por mi secreto de belleza para mantener el tipo sin pasar por el cirujano, os lo confieso sin pudor: el único colágeno que consumo es humano y menor que yo. Mano de santo para los tejidos. Aunque os reconozco que a veces me aburre soberanamente. Porque, a los casi cincuenta, una ya ha acumulado demasiada calle, demasiadas lecturas y demasiadas batallas como para fingir interés por los dramas existenciales de un treintañero que aún se está buscando a sí mismo. Por otro lado, noto a mi alrededor una epidemia de cuarentañeros desorientados, habéis perdido ese misterio gamberro y esa valentía que os hacía interesantes. Os ahogáis en un vaso de agua con la primera digestión pesada y os asusta tanto todo que os olvidáis de vivir con un mínimo de garra. A no ser que te llames Don West, cantes como Marvin Gaye y desprendas la masculinidad que merecemos. Si no sabes quién es, hazte un favor y búscalo, me darás las gracias.
A las mujeres de mi quinta que estamos sin pareja y sin hijos nos cuelgan el estigma de ser bichos raros, perros verdes o poseedoras de un carácter insoportable. Pero seamos lo que seamos, todos queremos querer, que nos quieran, que nos deseen y que nos amen. El afecto es humano. Pero os contaré otro secreto: dejar de buscar libera de una manera salvaje. Es justo ahí, al soltar esa carga, cuando realmente se empieza a disfrutar de un momento de auténtica plenitud. Porque a estas alturas del partido, una empieza a entender que el valor de una casa no se mide por la pintura de la fachada, sino por las historias que se han vivido dentro. Así que aquí seguimos. Con la piel que se cae un poco y los estrógenos haciendo las maletas. Que sigan las etiquetas clínicas y las expectativas ajenas; me quedo con nuestros crujidos, nuestra solera y, por encima de todo, con la maravillosa y gamberra libertad de vivir exactamente como me apetezca. Feliz domingo.
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