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Opinión | Nos queda la palabra

Sin integración, fuego

Incendio de Los Gallardos, en imágenes

Incendio de Los Gallardos, en imágenes / Plan Infoca / Plan Infoca

Escribo bajo el ruido de los hidroaviones que cargan en el Mediterráneo para apagar la sed de destrucción y muerte que causa el incendio de uno de los paraísos verdes que atesora Almería.

Tras ducharme para eliminar cualquier resto de ceniza del baño matinal, como hace MAR tras otros polvos, veo que el foco se pone en la desinformación de las víctimas por su condición de emigrantes. De primera, sí, porque son ingleses. Pero emigrantes al fin y al cabo y, como tal, con nula capacidad de integración en la población por voluntad de todas las partes.

Una docena de víctimas a estas horas. Once inglesas, como la mayor parte de los chalets diseminados por la ‘Suiza’ almeriense en torno a Los Gallardos y Bédar. Cuando tras degustar la típica pierna de cordero te asomas, desde el monumento al minero, a esa fiesta de la naturaleza no das crédito al montañoso paisaje verde, salpicado de villas inconexas fruto de la especulación o la dejación y ahora pasto de las llamas. Físicamente, desconectadas. Personalmente, también. Ni integradas en el paisaje ni en la población.

Un día antes, como en un flashback de una película de terror, y muy cerca de donde aconteció el suceso, los medios de comunicación recordaron el también triste aniversario racista de Torre Pacheco. Una madre marroquí lo resumió mejor que cualquier experto: «No hemos avanzado nada, españoles e inmigrantes seguimos viviendo de espaldas». La falta de integración aviva la muerte y el fuego, junto con el desprecio al cuidado medioambiental y al cambio climático. ¿Lo único bueno? La tragedia suspendió la toma de posesión del nuevo Gobierno andaluz, que, como en el caso del que hundió a Valencia en la dana, tiene entre sus prioridades recortar en medio ambiente y en la lucha contra los incendios. No les dio tiempo.

¿Otra cosa positiva más? La ayuda ofrecida por la Región de Murcia, que ojalá sirva para dotar de medios y salarios dignos a sus bomberos. ¿Y lo mejor? Que nuestros servicios públicos, junto a oenegés como Cruz Roja, siguen funcionando gracias a que sus empleados siempre tienen encendida la mecha de la solidaridad. Pero nadie tema que alguna enseñanza se propague a las urnas, donde las ascuas del odio, si no lo remediamos, convertirán todo en una gran pira.

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