Opinión | Este humano desorden
No entender
«Y comportarte como un hombre anticuado, de otro siglo, remoto, prehistórico, sentado a la puerta de su casa cortándose las uñas o fumándose un puro y viendo pasar toda la feria eléctrica del mundo»

Obra de Sorolla.
Hay cosas que es absurdo e inhumano comprender del todo y, sin embargo, el mundo insiste en explicártelas con agresividad de secta a través de gente que jamás parece pedir perdón por estar viva, y usando para ello palabras tan gastadas como esas monedas romanas sin dibujo que se encuentran en las excavaciones arqueológicas.
A veces es bueno no entender como si no fueras de aquí o te hubieran traído los extraterrestres o fueses un inuit que acaba de llegar a una procesión de la Semana Santa en España. Y otras veces es conveniente mirar ciertas cosas con la serenidad agropecuaria de un caballo bajo la lluvia y decir: «No pienso entender esto». Y tal vez así conservar intacta y pura una parte importante del misterio del alma. ¡Eso sí que es un misterio, el alma! Los griegos creían que el alma era el páncreas, eso explico el cirujano que me operó de la vesícula tres segundos antes de que me hiciera efecto la anestesia.
Un hijo responde ‘nada’
Hay tantas cosas por ‘no entender’. No entender por qué los niños muy pequeños se duermen confiando plenamente en la realidad que los rodea. ¡Qué hermoso es verlos dormir así! No entender por qué la belleza nos hiere y nos duele a veces tanto. No entender esas modas esnob que duran como mucho seis semanas y exigen una devoción totalitaria. No entender qué ocurrió exactamente dentro de una habitación para que dos personas no volvieran a hablarse nunca más desde aquel día. No entender las lágrimas repentinas de tu amigo mientras conduce de noche y tú vas en silencio a su lado. No entender qué piensan o qué sienten los demás cuando callan de golpe delante de ti al escucharte pronunciar un nombre. No entender por qué todos parecen conocer las reglas secretas de la vida adulta menos tú. No entender qué vio exactamente ella en él, tan guapa, tan inteligente, tan esbelta. No entender por qué algunas personas provocan la misma clase de tristeza que los pueblos con estaciones de tren cerradas para siempre. No entender el lenguaje de los catedráticos cuando hablan entre sí y parecen custodiar un fuego muy antiguo o una angustia nueva. No entender qué le pasa realmente a un hijo cuando responde ‘nada’ mirando serio al suelo. No entender por qué alguien te miente mirándote a los ojos y jurando por lo más sagrado. No entender qué tiene el dinero para transformar el rostro y la voz de algunas personas. No entender por qué algunos atardeceres parecen contener un mensaje profundo para melancólicos irredentos. No entender por qué el tiempo pasa tan despacio durante la desgracia y tan deprisa durante la felicidad o se empantana en la Nada. No entender cómo recuerdan el camino las golondrinas después de atravesar volando océanos enteros. No entender qué ven los enamorados cuando se miran durante minutos sin hablar y se sonríen de esa forma en la que solo saben sonreír ellos. No entender qué sienten los árboles cuando el viento atraviesa un bosque hasta salir por la otra punta. No entender cómo puede existir tanta ternura en las manos de las personas ancianas. No entender cómo sobreviven las luciérnagas llevando luz dentro del cuerpo.
El regreso de las canciones
No entender cómo una canción preciosa puede esperar treinta años dentro de nuestro corazón y regresar intacta a nuestra conciencia una tarde cualquiera. No entender por qué todavía nos emocionan las campanas y los trenes nocturnos y la ropa tendida moviéndose en las azoteas en mitad del invierno. No entender a personas adultas hablando cuarenta minutos sin parar sobre los beneficios prácticos de una licuadora o sobre divorcios de famosos en el estado de Nebraska. No entender ciertos restaurantes donde te sirven un berberecho solitario sobre una piedra caliente y aparecen dos camareros a explicártelo. No entender las instrucciones de las impresoras ni los seguros médicos escritos en ese lenguaje digital que parece inventado por ingenieros de robótica del año 2.170. No entender por qué un perfume de mujer necesita protagonizarse en publicidad por un hombre semidesnudo corriendo por Siberia perseguido por águilas enormes. No entender por qué una crema carísima promete ‘empoderamiento’ femenino y unos pantalones vaqueros rotos ‘libertad’. No entender la obsesión por convertir cualquier rareza humana en un producto de consumo. No entender por qué algunas fotografías en blanco y negro pueden llegar a doler tanto. No entender qué buscaban todos los muertos cuando aún estaban vivos… ¿Qué buscaban?
Un hombre anticuado
No entender nada de todo eso y comportarte como un hombre anticuado, de otro siglo, remoto, prehistórico, sentado a la puerta de su casa cortándose las uñas o fumándose un puro y viendo pasar toda la feria eléctrica del mundo, todas las atracciones presentes y pasadas sin sentir ninguna obligación ni deseo de subir al tiovivo de los caballitos.
Pero lo peor, lo más terrible, es no entenderse a uno mismo. Mirarse por dentro como quien entra a oscuras en una casa enorme y va tocando con torpeza las paredes, tirando al suelo los jarrones de porcelana y los portarretratos de cristal, tropezando con muebles desquiciados que terminan en punta, llamándose en voz alta por su propio nombre y apellidos, Eutimio Salazar Aniorte, por ejemplo, y oyendo al fondo del pasillo el ruido incomprensible de las olas del mar rompiendo contra el mundo en un día de tormenta.
Y entonces, en ese instante, comprender perfectamente, hasta la misma médula del fémur de la existencia, este verso de Benedetti: «Cuando el alma purísima del ocio pide socorro al universo inútil».
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