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Opinión | Pasado a limpio

Omnia vincit Amor

‘Paisaje con Cupido’, de Giovanni Antonio Bazzi, hacia 1510.

‘Paisaje con Cupido’, de Giovanni Antonio Bazzi, hacia 1510.

Hay frases que tomamos como lema fuera del contexto en el que se crearon. A veces, un filamento de un verso, porque suelen ser los poetas quienes escudriñan en nuestras almas y extraen de ellas verdades universales. Por eso volvemos a los clásicos, desde carpe diem de Horacio, hacedor de lemas de amplio repertorio, hasta el «polvo seré, más polvo enamorado» quevedesco.

Doy título a estas letras con uno de Virgilo, de sus ‘Bucolicas’. Tiene una continuación: et nos cedamos Amori, el amor todo lo vence, pues rindámonos al amor. De aquella obra proviene toda una variante temática de la poesía lírica que llamamos bucólico pastoril, de la que también tenemos ejemplos en el Quijote, en la historia de la pastora Marcela, auténtico alegato protofeminista que podría ser calificado incluso de woke. En literatura se establecen categorías modernas sobre obras escritas siglos antes de la invención de estas conceptualizaciones, que de paso suelen enrabietar a los acerados y rancios tradicionalistas.

El cristianismo se apropió del lema virgiliano como si de bienes mostrencos se tratara. Si el Evangelio predica el amor universal como liberación de la condición mortal, hasta el punto de hacerlo atributo divino, sería un buen reflejo de la máxima poética. Reconozcamos la legitimidad y no denunciaremos expolio, pues otra virtud poética es compartir los hallazgos más allá de su feliz lectura. Don Quijote pertenece, no ya a Cervantes, ni siquiera a los lectores españoles, sino a la humanidad entera, independientemente de su tiempo y su contexto. Cómo no va a serlo una frase hecha para reconocer la fuerza del amor, si según el cristianismo, la humanidad está hecha por y para el amor.

El amor divino es una sublimación conceptual del humano, tras una suerte de comparación que hace maravilloso e inconmensurable al amor divino. En realidad, la constatación de esa hipótesis sólo puede conocerla esa misma divinidad, con lo que habremos de conformarnos con una suposición que únicamente convalidaría la fe. Pero tal vez sea una apreciación incorrecta, porque el humano está transitado por su finitud, pues es tan intenso como efímero; y se agazapa en sus transformaciones: impetuoso, voluptuoso, zalamero, regalado, simpático, pedante, rutinario, olvidadizo, frágil, confiado, presunto, indemostrable, furtivo, piadoso, melancólico, romántico, torpe, apasionado, platónico, adormecido, patético, fiel y perdurable o infiel y perdulario... hay tantos amores como amantes, o mejor, como instantes en cada vida.

Luego está el amor paternofilial, el fraterno, el filantrópico, tantos otros que son fruto de la capacidad empática que tenemos y que nos humaniza. Mas no descuidemos el reverso tenebroso, vestido de odio, de rencor o de una infinitud de perversiones, desde el sadomasoquismo hasta la pedofilia, pasando por la zoofilia y otras filias pervertidas. Hay pasiones exclusivas, excluyentes, celosas, recelosas, incluso la xenofobia, homofobia y otras fobias perdularias tantas veces disfrazadas de un supuesto amor a la patria o a la tradición, pero de estas hablaremos otro día, que hoy toca el más cercano, el rencor que sucede a la pasión.

A lo largo de mi carrera profesional he visto tantos odios matrimoniales que se visten de dignidades rotas y se muestran como víctimas de agravios pequeños. Por supuesto que también hay casos sangrantes, pero tampoco toca hablar de esos que la Justicia ha de resolver armada de una espada flamígera si cabe, sino de las pequeñas faltas que se vuelven imperdonables cuando el amor se perdió en alguna vuelta del camino. Porque el rencor no sabe de medida ni graduación, es más ciego aún que la Justicia, tan frecuentemente tuerta. El odio corroe las almas y las vuelve yermas.

La justicia tiene a estandarizarse y a resolver conflictos con patrones que ni siquiera llegan a ser alta costura. Es fácil recurrir a la excusa de la falta de medios y la masificación de los juzgados, pero ya conoces, amigo lector, que la indolencia es un recurso muy socorrido. Vuelva usted mañana, contaba Larra en el siglo XIX.

«Odio quiero más que indiferencia, porque el rencor hiere menos que el olvido» cantaba Julio Jaramillo en una memorable copla que ejemplifica el lado oscuro del amor traicionado, perdido o simplemente pasado.

De algunos odios mal resueltos se nutren muchas sentencias cargadas de fórmulas tan atiborradas como rutinarias, frías y alejadas de la realidad, que a veces recargan más odio y más rencor con consecuencias nefastas. Cierto que hay que combatir la violencia de género y la vicaria, articular métodos y herramientas para erradicarlas, pues cualquiera de esas aberraciones es una mancha para la sociedad que no la evita. Por eso, la Justicia, gloriosamente engreída de sapiencia jurídica infinita, debería abandonar su limbo funcionarial y bajar a la tierra, implicarse en hacer lo que está obligada por su nombre, mancharse como la partera en el paritorio para dar a luz un lindo fruto del amor al trabajo.

La cuestión es cuántos matrimonios, o parejas de hecho, fundan su relación en un amor verdadero. Recueda, lector, La princesa prometida, la película basada en la novela de William Goldman. Westley había encontrado el amor verdadero, el argumento definitivo para que el Milagroso Max lo resucitara. Ese es el que nos interesa, el que triunfa más allá del odio y de la indolencia.

Sabes, amigo lector, hay veces que te asalta en un recodo del camino, cuando pensabas que tenías todo perdido. Y es una nueva vida, más allá del rencor y del olvido, capaz de sanar todas las heridas, sin necesidad de perdón ni de permiso. Has encontrado al fin el amor verdadero.

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