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Opinión | Los imprescindibles

Después del fin

Portada de la muerte de Iván Ilich.

Portada de la muerte de Iván Ilich. / L. O.

Los momentos de soledad son los de máxima consciencia para la mente humana. Se muere en soledad, poco importa si alguien nos acompaña en las horas finales. El instante previo a la desaparición, en el mismo segundo inmediatamente anterior al triunfo disolvente y aniquilador de la muerte, adviene la máxima conciencia del despertar. El hombre abre los ojos ante el cúmulo de disimulos y falsedades que conforman el sueño de la vida cuando muere.

Iván Ilich es un juez provincial que ha formado parte del gran teatro del mundo, de sus rituales y espectáculos pensando que aquella era la única verdad, como si el instante fuera eternamente presente, fijo e inamovible. Algo, sin embargo, ocurre. Es la presencia de la muerte, aún lejana pero inevitable. El descubrimiento de una lenta enfermedad incurable ofrece al desprevenido letrado la posibilidad de afrontar con plena consciencia la hora fatal. No es fácil en absoluto y Tolstói describe magistralmente los primeros momentos de incredulidad simple y luego de franca rebeldía ante el más que seguro desenlace, hasta concluir con una serena aceptación.

La muerte no es un poder personal, no tiene rostro, ni piensa ni siente. Es por tanto absurdo negar que exista, rebelarse frente a ella o pretender que puede contenerse a base de ridículas concesiones. La desolación en que cae Iván Ilich es devastadora cuando ya no queda duda de la muerte inminente. Sin embargo, aún puede cruzar el umbral con los ojos abiertos.

El milagro de esta historia consiste precisamente en la aceptación, entendida como la verdadera sanación, la única posible. La muerte es un proceso natural: si se ama la vida no se evita la muerte, sino que se acepta. Esta valiosa lección la aprende Iván Ilich no exactamente en solitario, pues tiene un valioso modelo en las personas más sencillas de su entorno, las que conforman la servidumbre doméstica, y las gentes sencillas, que él antes había ignorado. Tolstói describe, como en un viaje, el sendero que lleva de la incredulidad a la aceptación. Y así se aprende a morir.

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