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Opinión | Murcianos de dinamita

Belén García Maestre: la vida como viaje, la palabra como refugio

Belén García Maestre.

Belén García Maestre. / Belén Marín

Hablar de Belén García Maestre es adentrarse en una biografía construida a partir de la curiosidad, la independencia y el cuidado de los otros. Lectora precoz, viajera incansable y terapeuta por vocación, su trayectoria vital se ha tejido entre libros, desplazamientos y encuentros humanos que han dejado una huella profunda, tanto en ella como en quienes la rodean.

Belén es también una rastreadora de palabras: vocablos casi únicos, eufónicos, de los que acaba enamorándose e incorporando al zurrón de su existencia. Petricor se convirtió para ella en un fetiche, un amuleto capaz de ahuyentar los malos augurios con solo pronunciarlo. Como El principito, cuyas enseñanzas considera la más hermosa lección de vida y aprendizaje.

Su relación con la lectura comenzó muy temprano. Aprendió a leer antes de cumplir los cinco años, en un entorno familiar donde la cultura ocupaba un lugar central. Sus abuelos paternos, grandes amantes de la música y los libros, fueron figuras decisivas: ella tocaba el piano, él el violín, y ambos eran lectores pertinaces. Esa herencia continuó en su padre, lector empedernido, de quien Belén reconoce haber heredado su vínculo con la palabra escrita. Leer nunca fue un refugio y una forma de comprender el mundo.

Junto a la lectura, el viaje se convirtió pronto en otro de los ejes de su vida. Desde joven sintió la necesidad de moverse y conocer otras realidades, incluso cuando ello suponía ir a contracorriente. Separada y con un hijo pequeño, comenzó a viajar sola con él siendo muy joven. No fueron viajes cómodos ni siempre bien vistos por su entorno. Su padre insistía en la importancia de asentarse, ahorrar o comprar una casa, pero Belén no podía renunciar a esa pulsión. Viajar era, para ella, una manera de vivir plenamente y también de educar a su hijo en la autonomía.

Sudamérica fue uno de los destinos más frecuentes en esa etapa. Allí vivió de cerca contextos políticamente convulsos. Ser testigo directo de estos acontecimientos reforzó en ella una conciencia clara de la fragilidad social y del peso real de las decisiones políticas en la vida cotidiana.

Indonesia ocupa un lugar especial en su memoria viajera. Bali y Sumatra fueron destinos a los que regresó. Los recuerda como espacios casi mágicos, hoy profundamente transformados por el turismo masivo, hasta el punto de preferir conservarlos en la memoria antes que enfrentarse a su deterioro.

En la madurez incorporó una nueva pasión: el mar. Con más de cuarenta años obtuvo el PER y el título de patrón de yate, demostrando una vez más su capacidad para abrirse camino en espacios que no parecían pensados para ella.

Su vida profesional ha estado marcada por la psicología, aunque Belén prefiere definirse simplemente como terapeuta. Ha trabajado sobre todo en el ámbito de las adicciones, un campo duro que le ha llevado a cuestionarse la idea de la bondad natural del ser humano. Tras años de escuchar historias atravesadas por el dolor y la pérdida, mantiene esa duda abierta, sin respuestas cerradas.

Para ella, la verdadera satisfacción profesional no reside en los títulos ni en la aplicación estricta de técnicas aprendidas en los libros, sino en la experiencia, la escucha y la sintonía con la persona que tiene delante. Afirma que sus años mejor ‘pagados’ fueron aquellos en los que trabajó como voluntaria en una unidad hospitalaria de conductas adictivas. En momentos especialmente difíciles de su vida personal, fueron precisamente esos pacientes quienes la sostuvieron emocionalmente.

Belén Maestre ha hecho de la lectura, el viaje y el cuidado de los otros no solo intereses o trabajos, sino una forma coherente y profunda de estar en el mundo.

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