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Opinión | Nos queda la palabra

Desconectar

Con los calores y los puentes la cabeza ya invita a desconectar. Un verbo que, como ya todo en esta vida, está unido a la tecnología. En su primera acepción, significa, de hecho, «suprimir la comunicación eléctrica entre un aparato y la línea general».

Por tanto, lo primero es silenciar el aparato de nuestra ruta vital.

Lo segundo, ya puestos, apagar digitalmente nuestro espacio, impedir que nos invadan los enlaces, los impactos y la basura que conforman nuestro universo paralelo.

Y para lelos, que somos todos, pues no hay humano blindado frente a los que utilizan la tecnología para intentar engañar o, directamente, estafar. Eso sí, cuando caes en la trampa consigues la soledad, la desconexión más absoluta. Ni tu entidad financiera, ni tu supermercado de confianza ni tu proveedor online ni, por supuesto, las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado se sienten responsables. Vas de teléfono en teléfono y de oficina en oficina, o de comisaría en comisaría, pidiendo auxilio y la única luz al final del túnel que observas es una demanda judicial que podría esquilmar aún más tus cuentas si no tienes la posibilidad de contratar a un buen abogado.

Al final no queda más remedio que confiar en la justicia. Y con ello enlazo con la tercera, tras apagar el móvil y abandonar la red digital, desconexión necesaria con la actualidad. Si de creer en los jueces se trata, casi que si de creer en algo se trata, desenchufen la radio, cierren el periódico y engánchense a una serie donde no sean posibles los informativos.

Me dirán que este triple salto mortal nos devolvería a Atapuerca. Yo prefiero regresar a la invención de la imprenta, llevarme un buen libro a la playa, desnudo de más conexiones más allá de los abrazos, besos y caricias que nos podamos dar la familia debajo de la sombrilla y de las cervezas que compartamos con los amigos. Salud.

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