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Opinión | Boulevard Flandrin

Perder un quiosco, perder la ciudad

La ciudad no se enteró cuando cerró el quiosco. Las ciudades, como los viejos toreros, tardan en notar la cornada. Siguen encendiendo escaparates, cambiando semáforos y llenando terrazas mientras se les va la sangre por una grieta que nadie mira.

Durante unas semanas ocurrió un milagro menor. Aquel quiosco clausurado de la Gran Vía se convirtió en una hornacina laica, una ermita de chapa, un pequeño altar civil. La persiana amaneció cubierta de notas, fotografías, agradecimientos y despedidas. Había la historia de una ciudad en aquellos papeles sujetos con cinta adhesiva

No dejaban flores. Dejaban las formas más antiguas de la memoria, esas que la inteligencia artificial todavía no sabe imitar sin delatarse: una frase apresurada, una fotografía desvaída, una gratitud escrita a mano. No despedían un negocio. Despedían una costumbre.Y una ciudad sin costumbres es solo una maqueta con tráfico.

Los quioscos parecían poca cosa. Un tenderete con prensa, sudokus, recetarios, cromos de Panini y calendarios zaragozanos. Pero uno acudía con unas monedas y regresaba con media humanidad bajo el brazo. Allí cabían guerras, elecciones, ciclones, escritores, astronautas, fraudes financieros, y muchas derrotas para los de siempre. Una sucursal modesta de la Biblioteca de Babel. Borges imaginó una biblioteca infinita para explicar el universo. Nosotros tuvimos una junto al paso de peatones, con el café en la mano, la muñeca manchada y los zapatos taconeando sobre las rayas blancas de la mañana, en ese compás que la prisa tironea cada día un poco más.

Lo decisivo era el azar. Allí el azar trabajaba a jornal. Uno iba a por una cosa y volvía con otra: una revista de historia, un suplemento cultural, una entrevista inesperada, una portada capaz de mover un prejuicio de sitio. El quiosco no sabía quién eras, y por eso podía ofrecerte algo distinto. Esa era su inteligencia secreta.

También mezclaba a la gente. El jubilado de la prensa deportiva, la estudiante de la revista cultural, el taxista que repasaba titulares antes de empezar la jornada. Los quioscos eran pequeñas plazas cubiertas de papel. La democracia no vive solo en las urnas. Vive también en esos lugares donde lo distinto se roza sin pedir permiso.Las pantallas nos conocen demasiado. Son excelentes para adivinar lo que queremos encontrar y cada vez peores para mostrarnos aquello que no esperábamos. Nunca hubo tanta información ni fue tan fácil vivir encerrados en el espejo.

Mientras camino por la Gran Vía pienso en las ciudades enterradas bajo esta ciudad. En los baños árabes sacrificados para abrir avenidas. En los edificios borrados. En las fotografías donde Murcia parece otra mujer con la misma mirada. Las ciudades también enferman. Cuando los comercios con nombre propio son sustituidos por marcas que podrían estar en Murcia, Milán o Minneapolis. Cuando las plazas se vuelven pasillos. Cuando desaparecen los árboles, los bancos, los mercados, las librerías y los quioscos.

La ciudad es un animal democrático. Necesita plazas, árboles, mercados, librerías y quioscos igual que un cuerpo necesita pulmones. Pero llevamos años extirpándole órganos en nombre de cada nueva tendencia, como si una ciudad fuera mejor cuanto menos se parece a quienes la hicieron reconocible.

Aquellas notas pegadas sobre la persiana no eran nostalgia. Eran gratitud. El homenaje espontáneo a uno de esos lugares donde todavía era posible demorarse, conversar o descubrir algo que no habíamos salido a buscar.

Una ciudad empieza a empequeñecerse cuando deja de encontrarse con lo que no buscaba Por eso duele perder un quiosco.No porque desaparezca el papel. Sino porque desaparece uno de esos lugares donde la ciudad aún conservaba una inteligencia antigua: la de salir cada mañana a buscar el mundo antes de que el mundo viniera a venderle una versión de sí misma.

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