Opinión | Dulce jueves
El misterio de leer

El misteriode leer
Martin Eden es un joven marinero al que le gusta leer. En los ratos libres que le dejan las tareas del barco se tumba en el castillo de proa con un libro. Lee lo que encuentra, que no es mucho, pero el capitán tiene en su camarote las obras completas de Shakespeare. Cuando regresa a tierra descubre las bibliotecas. Se siente abrumado. Le resulta indescifrable el orden de los libros en aquel gigantesco barco de papel. Entonces conoce a una joven universitaria y se enamora. Sin darse cuenta, el amor le rodea, como el mar o como las palabras. Ella también se enamora de él, a pesar del océano de dinero y cultura que los separa. A su lado se siente un paleto desarraigado, pero se esfuerza por aprender para estar a su altura. Los libros exaltan su sentido de la belleza y le impulsan hacia el descubrimiento de los misterios de la vida. En su momento favorito, «están sentados juntos con las cabezas inclinadas sobre el mismo libro».
Eduardo Mendoza dice que cree saber bien qué es escribir, pero que la lectura sigue siendo para él «algo muy complicado y misterioso». Reflexionando sobre esto mismo, Beatriz Sarlo escribe en sus memorias que el arte consiste en no entender y que esa fue su experiencia definitiva, «el punto de pasaje a todo lo que vale la pena». Ambas intuiciones ayudan a comprender el destino trágico de Martin Eden en la novela de Jack London.
En los libros busca la promesa de una vida auténtica, el acceso a una forma de verdad que dignifique su existencia. Leer es, para él, la manera de ensanchar el mundo. Pero ese mismo impulso contiene la semilla de su caída. A medida que devora filosofía, ciencia y literatura, el conocimiento, en lugar de reconciliarlo con el mundo, lo separa de él. La rabia inicial ante la injusticia social se convierte en resentimiento cuando descubre la hipocresía de la sociedad. Ha descifrado el mecanismo del mundo y, al hacerlo, ha destruido su misterio. Desilusionado, se suicida sumergiéndose en el mar.
Cuando empecé a leer la novela ya sabía el final, que se adelanta en la solapa. Sin embargo, aunque sepamos desde el principio lo que va a ocurrir, avanzamos junto al héroe con la esperanza de que no sucumba. Esperamos que conserve la pureza, que no se deje arrastrar por la amargura. Recordaba que en la adaptación al cine que hizo Pietro Marcello, la película amplía el futuro del personaje hasta convertirlo en un ser cínico y arrogante que a cambio del éxito pierde el alma.
El misterio de leer se juega en el destino de Martin Eden. El final de la novela es todavía una tragedia moderna, una última rebeldía contra una sociedad utilitarista donde no hay lugar para el arte. Martin prefiere la muerte antes que participar en el simulacro. Hay dignidad en su caída; es la pureza que se niega a ser domesticada por el dinero. En la película, el final es ya el desencanto de la posmodernidad, donde solo queda la asimilación por el sistema, la victoria del cinismo que niega el misterio.
Ambos finales me parecían terribles. ¿No debería el arte servir para ayudarnos a perseverar en la búsqueda de la verdad y del amor? Entonces imaginé otro final posible: Martin Eden embarcando de nuevo hacia los Mares del sur. Es el destino que el lector desea. Un final donde el marinero, hastiado de la falsa cultura, no pierde de vista el horizonte, mantiene intacta su capacidad de asombro. Ese es el misterio de la lectura. No entender y seguir creyendo que nos salvamos.
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