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Opinión | +Mujeres

Por qué la justicia climática será ecofeminista o no será

Voces Verdes Ecofeminismo

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El lema del Día Mundial del Medio Ambiente 2026 no deja espacio para la tregua: «Por el clima ya». No es una petición educada; se trata de un grito de auxilio y una exigencia de acción inmediata. Las emisiones de gases de efecto invernadero siguen batiendo récords, los termómetros suben sin parar y el camino hacia el colapso ecológico avanza a un ritmo que la burocracia internacional parece incapaz de asimilar. Vamos tarde y mal. Pero en este escenario de emergencia, el impacto no se reparte de forma democrática. La crisis climática tiene sesgo de género, de clase y de raza.

Durante décadas, cierto ecologismo bienintencionado —pero profundamente ciego a las realidades estructurales— ha tratado de afrontar el calentamiento global y la crisis climática como un problema puramente técnico, medible en cantidades de CO2 en la atmósfera. Esa mirada asume que toda la humanidad está en el mismo barco. Pero la realidad es que, aunque compartimos la misma tormenta, los botes salvavidas son un privilegio de pocos.

Esta crisis climática no es un accidente de la naturaleza; es la consecuencia inevitable de un sistema económico ecocida y colonial que entiende la Tierra y los cuerpos —particularmente los de las mujeres y las comunidades racializadas— como territorios de conquista y explotación infinita.

Cuando la escasez de agua aprieta, cuando las cosechas fallan por la sequía o cuando los fenómenos extremos arrasan comunidades enteras, son las mujeres y los habitantes de los entornos más vulnerables quienes sostienen el golpe en primera línea. Según datos de Naciones Unidas, el 80% de las personas desplazadas por el cambio climático son mujeres. No es una casualidad biológica; es una consecuencia estructural.

En el Sur Global, y en entornos urbanos y rurales, las mujeres cargan con la responsabilidad histórica de la soberanía alimentaria, la recolección de agua y el cuidado de la vida y la salud comunitaria. Cuando el territorio enferma, el tiempo de trabajo no pagado de las mujeres se multiplica exponencialmente. Son ellas las que tienen que caminar más kilómetros para conseguir agua limpia, las que gestionan el hambre cuando los cultivos colapsan y las que sufren una mayor exposición a la violencia física y sexual en contextos de desplazamiento forzoso por causas ambientales.

Por eso, celebrar este día bajo el lema «Por el clima ya» exige acabar con las soluciones corporativas oportunistas—el «Greenwashing o lavado verde»— que pretenden salvar el planeta capitalizando la atmósfera mientras se mantienen las mismas jerarquías de opresión. No nos sirve una transición ecológica que sólo aspire a llenar los campos de paneles solares si estos siguen expropiando la soberanía de las comunidades rurales o si los minerales para sus baterías se extraen violando los derechos humanos y destruyendo los cuerpos.

El ecofeminismo que necesitamos hoy no es el que idealiza a las mujeres como «salvadoras espirituales» de la naturaleza por una supuesta esencia maternal. El ecofeminismo que urge es el que entiende que la lucha contra el cambio climático es inseparable de la lucha contra el racismo, el capitalismo extractivista y el patriarcado.

Gritar «Por el clima ya» implica poner los cuidados y la sostenibilidad de la vida en el centro de las políticas públicas. Significa escuchar y ceder el espacio a las comunidades indígenas, a las trabajadoras de la tierra, a las personas migrantes y a quienes defienden el territorio arriesgando la vida. La justicia climática no es un indicador económico de descarbonización; es la redistribución de la riqueza, del tiempo y de los recursos.

Si queremos cambiar el rumbo del planeta la respuesta no vendrá de los despachos que nos trajeron hasta aquí. Vendrá de la resistencia colectiva que entiende que la Tierra y nuestros cuerpos se defienden juntos. Llegamos tarde, sí, pero la urgencia nos obliga a actuar desde la raíz. Por el clima, por la vida, y por la justicia social: ya.

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