Opinión | Erre que erre (rock ‘n’ roll)
Jodidas aseguradoras

Leonard Beard
Tal vez la vocación que sentimos los profesionales sanitarios para ejercer nuestro trabajo diario no nos permite concebir la idea de que existan seres humanos con profesiones dónde el humanismo, la empatía o la compasión no sean los pilares fundamentales.
Perdonen mi denuncia a la avaricia corporativa, a la deslocalización de este sistema que enriquece a unos pocos y ahoga a tantos. Hace unos meses, conocí a un fulano en cuya mansión se practicaba el altruismo, la meditación y los saludos al sol; yo no entendía cómo un ser humano podía permitirse esa vida de lujo extremo sólo con su bondad, conexión con la naturaleza y expansión de la conciencia que te da abrazar a un árbol, hasta que descubrí el secreto de la que había sido su vida laboral como director adjunto de una de las mayores aseguradoras de este país.
Su manera de hablar de los empleados, cómo si de ganado se tratase, rompió todos los esquemas que había me había planteado ante el legado de corriente contracultural y pacifista que predicaba. Entendí que existen personas cuyo deseo de acumular riqueza y poder no contempla amigos, reflejo de una sociedad que se pudre por momentos.
El lucro sobre la atención al cliente, un retorno financiero que no conoce escrúpulos, sólo monetizar esa fidelización de la que tanto presumen en sus campañas de marketing, en eso se ha convertido el éxito, y a mí no me da la gana de aceptarlo.
Definitivamente, las multinacionales en general y las aseguradoras en particular deben pensar que somos imbéciles. El «no» por respuesta como táctica para denegar la atención, escudándose en la letra pequeña, mientras juegan con nuestro dinero, nuestra salud, nuestros bienes y nuestra paciencia.
¿Les ha pasado? En más de veinte años que llevo pagando religiosamente un seguro de hogar, di mi primer parte hace unos días, y les puedo garantizar que aún no me ha cambiado la cara de besugo que se me quedó ante las esperas de más de hora y media para implorar, con suerte a un teleoperador, una solución para mí diminuto percance, imagino que la magnitud depende del momento.
Una de las canciones que más escuché en mi adolescencia fue Fight the Power de los sempiternos Public Enemy; un tema que nos invitaba a luchar contra los poderes fácticos y que merece una reedición en los tiempos que corren, he dicho.
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