Opinión | Levedades
Algo falla
Después de que un tutorial de internet me ayudara a arreglar un problema del lavavajillas, me animé y escribí: «Sentido de la vida, tutorial paso a paso». Lo hice un poco en broma, pero me respondieron en serio. Descubrí vídeos en los que alguien sostiene filosóficamente una taza de café mientras señala con el dedo una flecha roja que apunta a su propia cabeza. «Quédate hasta el final», advierte el título, como si el sentido de la vida fuera un sorteo y hubiera que esperar al último minuto para saber si nos ha tocado. Están los tutoriales exprés, de menos de un cuarto de hora, pensados para personas a las que el hallazgo del sentido les corre una prisa enorme. «Tres claves para encontrar tu propósito (la número dos te sorprenderá)». Uno los sigue con disciplina: se compra una libreta, escribe «mis valores» en la primera página y, al cabo de dos días, descubre que sus valores han cambiado porque ha visto otro vídeo mejor editado. El sentido de la vida compite con la calidad de la imagen.
Luego están los tutoriales largos, casi litúrgicos, que exigen una esterilla, una vela aromática y un pago mensual. Aquí el sentido aparece como una suscripción premium: si no pagas, se te muestra en versión reducida, con anuncios. «Respira, siente, conecta», dice una voz suave. Uno respira, siente y conecta sin hallar el sentido.
Están por fin los tutoriales científicos, que prometen exactitud, precisión, rigor (incluso ‘rigor mortis’). «La neurociencia explica el propósito». Aparecen gráficos, sinapsis, áreas del cerebro iluminadas como los barrios de una ciudad. El sentido de la vida se localiza en algún punto entre el lóbulo frontal y la lista de reproducción. Tranquiliza: si el sentido está en el cerebro, quizá baste con actualizar el sistema operativo.
Ninguno de estos tutoriales contempla la posibilidad de que el problema no sea la falta de sentido, sino su exceso. Como si el mundo estuviera henchido de significados y nuestra tarea consistiera no en encontrar uno, sino desechar los que sobran. El existencialismo habría sido imposible en nuestros días. Lo increíble es que la gente continúe suicidándose. Algo falla.
Hace unos días, el exlíder provincial de Voz, José Ángel Antelo, anunció en un tuit, no recuerdo ahora en relación a qué supuesto agravio, que iba a poner el asunto en manos de su abogado, y por la misma vía el portavoz de los abascales en el Ayuntamiento de Murcia replicó: «El que tengo aquí colgado». Que no se diga que no hay nivel en el debate político murciano. Con menos poesía, el líder socialista y delegado del Gobierno, Francisco Lucas, protagonizó un vídeo desde su despacho en el que repondía sobre algún asunto al presidente de la Comunidad comenzando por la exclamación «¡qué personaje!».
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