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Opinión | El Canal del Funcionario

Corrupción: de la A de Ayuso a la Z de Zapatero

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero

El expresidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero / Ricardo Rubio - Europa Press - Archivo

España sigue siendo un país de pillos, sinvergüenzas y golfos. Todo está en los clásicos; basta con releer el Lazarillo de Tormes para darnos cuenta de que la picaresca la llevamos en el ADN.

Con Franco también pasaba esto, e incluso mucho peor, pero entonces la dictadura no permitía que lo conociéramos, y aquel o aquellos que lo denunciaban, terminaban malparados. Después llegó el rey Juan Carlos, y el pacto no escrito con la prensa nos privó a los españoles de a pie de conocer la idas y venidas del Borbón. Y llegamos hasta el siglo XXI, y nos encontramos con que la historia continua.

Que Ayuso se erija como un referente moral y de transparencia, que salga dando lecciones de humildad y buena gestión, es un insulto a la inteligencia. Que Aldama, un corrupto confeso, se convierta algo así como en el ideólogo de la extrema derecha es, como decimos en la huerta, para mear y no echar gota.

Que los secretarios de organización del Partido Socialista se hayan montado un chiringuito a su imagen y semejanza, con sus machismos y sus fiestas privadas a costa de los contribuyentes, y nos quieran convencer que no se sabía nada, es tratarnos de imbéciles e idiotas.

Que Abascal, en nombre de la bandera española, haga y deshaga en su organización a su antojo, y al que pide explicaciones sobre sobresueldos se le expulse y no tenga en su vida laboral ni un día trabajado fuera de chiringuitos, es la prueba del algodón de lo que significó la dictadura.

Que Aznar y Felipe González se erijan ahora en profetas es una vergüenza para este país; uno, el primero, tras descapitalizar las empresas públicas, engañarnos con los muertos del Yak-42, demostrar una gestión de una incompetencia absoluta con el Prestige y engañarnos a los españoles el 11 M y con las famosas armas de destrucción masiva en Irak, como si fuéramos gilipollas; y el otro, González, tras tomar atajos en la lucha contra ETA o amparar a delincuentes como aquel director de la Guardia Civil cuyo nombre prefiero olvidar —y que ambos sigan ganando millones de euros en nombre de sus contactos—, es la enésima prueba de que el dicho popular «tonto el último» era algo más que una forma de hablar.

Pero es que está todo podrido: hemos visto en nuestra tierra, Cartagena, como la dignidad tiene precio. No echo la culpa a la alcaldesa por ‘comprar’ la voluntad y el voto de dos concejales, pero lo preocupante es que la indecencia política sigue formando parte de nuestra cultura.

La única noticia positiva es que ahora unos pocos no pueden ponernos una venda en los ojos, y ningún Borbón, ningún dictador y ningún grupo de presión nos puede indicar lo que debemos saber. El problema es que esta sociedad no solo está adormecida, también está domesticada.

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