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Opinión | Desde mi picoesquina

Ahora, a por Cuba

Bandera de Cuba.

Bandera de Cuba. / Europa Press/Contacto/Maksim Kon

Hace unos meses, Donald Trump utilizó una burda mentira, un inexistente cártel de narcotráfico en Venezuela, para, previas acciones de bombardeo de lanchas en el Caribe con un incontable número de personas muertas, ir a por Nicolás Maduro. Ahora recurre al derribo de dos avionetas estadounidenses por parte de cazas cubanos hace 30 años (24 de febrero de 1996), achacable a una orden directa de Raúl Castro, para ir a por Cuba.

En esa fecha, José Basulto, un aviador entrenado por la CIA y promotor de Hermanos al Rescate, una organización ‘humanitaria’ creada en 1991 y que hacía vuelos de rescate de migrantes cubanos a la deriva en el Caribe, comunicaba desde su avioneta a los controladores del aeropuerto de La Habana que se disponía a cruzar el paralelo 24, aun a sabiendas de a qué se exponía al cruzar ese paralelo. Unos veinte minutos después, cazas cubanos derribaron esas avionetas. La versión yanqui sobre ese derribo no exenta de las consiguientes dosis de manipulación omite interesadamente que esas aeronaves incurrían en una clara provocación, violando el espacio aéreo cubano y sobrevolando áreas prohibidas. El furibundo anticastrismo de Basulto le había llevado, tres décadas antes, a participar en la fracasada invasión de la Bahía de Cochinos (que citaré más abajo) y, un año después, a disparar desde una barcaza contra un hotel de La Habana que alojaba a rusos.

Hay que decir que EE UU ha hecho valer siempre, en relación con el espacio geográfico del Caribe y Centroamérica, lo estipulado en la doctrina Monroe (América para los americanos), en virtud de la cual Cuba ha visto en peligro su soberanía no sólo tras el triunfo de la Revolución de 1959 que acabó con la dictadura de Batista, sino desde mucho antes. Hagamos memoria.

Tras la voladura del Acorazado Maine ocurrida en el puerto de La Habana el 15 de febrero de 1898, EE UU utilizó ese hecho como pretexto para declarar la guerra a España, logrando controlar la isla. En virtud de la Enmienda Platt (1901) -un apéndice impuesto por Estados Unidos a la primera Constitución de Cuba-, quedó claramente condicionada la independencia del país, pues otorgaba a EE UU el derecho legal de intervenir militarmente allí para proteger sus intereses. La Asamblea Constituyente cubana se vio forzada a incorporarla en junio de 1901. El artículo VII de esa Enmienda obligó a Cuba a arrendar territorios para bases navales, lo que permitió a EE UU establecer una base militar y carbonera en la Bahía de Guantánamo en 1903, que aún hoy se mantiene, con una prisión de máxima seguridad en la que las violaciones de los derechos humanos son una constante.

Otro hecho histórico que amenazó la soberanía de Cuba fue el intento de invasión de Playa Girón, o Bahía de Cochinos, una fallida maniobra militar destinada a derrocar a Fidel Castro protagonizada entre el 17 y el 20 de abril de 1961 por exiliados cubanos y financiada, cómo no, por EE UU. La invasión, diseñada por la CIA, fue ejecutada por la Brigada 2.506, compuesta aproximadamente por 1.400-1.500 cubanos con apoyo logístico estadounidense, aunque en el momento crítico el respaldo aéreo prometido fue cancelado. La operación se saldó con un sonoro fracaso y los prisioneros de la Brigada fueron liberados posteriormente a cambio de una ayuda alimenticia de 53 millones de dólares. A ese hecho siguió, como es sabido, la crisis de los misiles en 1962, que amenazó al mundo con una guerra nuclear, y la posterior imposición del actual embargo económico.

Hoy, Trump esgrime el pretexto de que Cuba es un Estado «acabado» para intentar, al menos, su control, si no su anexión. Por eso, desde el interior de la isla voces desesperadas se dirigen a la comunidad internacional solicitando ayuda. Firmada por el ciudadano cubano Henry Omar Pérez, la ‘Carta abierta a la sociedad civil mundial, a los defensores de la paz y a los pueblos del mundo’, un llamamiento, frente a los tambores de guerra, a los líderes mundiales, organizaciones sociales y defensores de los derechos humanos, advierte de que «el aumento de una retórica agresiva y las amenazas de intervención militar por parte de sectores extremistas de los Estados Unidos contra Cuba han dejado de ser simples consignas políticas para convertirse en un peligro real que amenaza la paz de la región y la vida de millones de seres humanos». Recuerda que «mientras otros exportan armas, Cuba ha exportado vida. Durante décadas, nuestro país ha enviado brigadas médicas a los rincones más olvidados del planeta, combatiendo el ébola en África, el cólera en Haití, la ceguera en América Latina y la Covid-19 en más de 40 países». Advierte de que «nuestros niños, que hoy asisten a escuelas seguras, y nuestros ancianos, protegidos por un sistema de salud universal, serían las primeras víctimas de la barbarie. Una guerra en el corazón del Caribe desataría una tragedia humanitaria, además de que el costo humano sería incalculable». La carta añade que «las bombas nunca han sembrado democracia, sólo han dejado tras de sí escombros, orfandad y resentimiento. La paz no es solo la ausencia de conflicto; es el respeto al Derecho Internacional, a la soberanía de los pueblos y a la Carta de las Naciones Unidas». Por ello, el firmante apela a la movilización mundial, exigiendo a los líderes de la sociedad civil la apuesta por la diplomacia y el diálogo y la protección de la infancia «sin el trauma del estruendo de la guerra sobre sus hogares».

Concluye con este llamamiento: «Líderes del mundo, activistas, intelectuales, artistas y gente de buena voluntad: detengan la mano del agresor antes de que sea tarde. La humanidad no necesita más guerras; necesita más médicos, más libros y más pan. En nombre del decoro, de la justicia y de la vida, les pedimos que se unan a nuestro clamor».

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