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Opinión | Así somos

El sicario afortunado

Una patrullera de la Guardia Civil persigue a una narcolancha en aguas de Andalucía.

Una patrullera de la Guardia Civil persigue a una narcolancha en aguas de Andalucía. / Guardia Civil

En noviembre de 2025 relaté en este diario las sorprendentes fugas de tres destacados narcotraficantes, atribuidas a presuntos errores o descoordinación judicial. Un cuarto caso de desaparición corresponde a un sicario y lo narraba el pasado 24 de mayo el periodista Nacho Sánchez en El País. El delincuente, de nacionalidad belga, era el autor de un homicidio cometido en Fuengirola en 2024. Las investigaciones policiales establecieron que se trataba de un crimen organizado por la mafia holandesa y, en colaboración con colegas de Bélgica y Países Bajos, llevaron a la detención del autor material, entonces menor de edad, y de varias personas relacionadas con el asesinato. Al terminar su período máximo de internamiento en un centro de menores, y ya mayor de edad, salió en libertad sin ninguna medida cautelar y desapareció. Se añade a la gravedad del crimen el hecho que se equivocó de objetivo y mató por error a un joven que pasaba un año sabático en Málaga.

Implicaciones

Existe la sospecha de que estas reiteradas desapariciones de criminales no se deben tanto a falta de medios o a presuntos errores o descoordinación en la administración judicial, sino que podían ser la consecuencia de la infiltración progresiva, y bien coordinada, del crimen organizado en nuestras instituciones. Los casos anteriores afectan a la administración judicial, pero otros sucesos arrojan luz sobre la implicación de policías corruptos, cuya actividad principal era la persecución del narcotráfico. La muerte de guardiaciviles en actos de servicio combatiendo a las mafias del sur de España añade más horror y urgencia a la cuestión.

Algunos comentaristas hablan ya del rápido tránsito de nuestro país a un narcoestado, lo que puede dejarnos relativamente pronto en una situación deplorable y, posiblemente, irremediable. En algunas provincias andaluzas, Cádiz y Huelva, las mafias del narcotráfico controlan buena parte del mar y del territorio. Como una ola de aceite, los delitos relacionados se extienden hacia las costas de Almería y hasta el sur del litoral de Murcia, donde se han efectuado recientemente detenciones por actividades relacionadas con el apoyo logístico a los narcos. No cuesta anticipar que observaremos una penetración progresiva en las fuerzas policiales y judiciales que deberían combatir esta lacra.

Un futuro de narcocandidatos

La influencia criminal alcanzará finalmente, si no lo ha hecho ya, las filas de los partidos políticos y contaremos en un futuro cercano con narcocandidatos, dispuestos a favorecer de distintas formas el negocio de la droga. El primer peldaño visible han sido estas sorprendentes desapariciones de perseguidos, y liberados, por la justicia.

El problema del narcotráfico está lejos aún de las dimensiones que alcanza en algunos países latinoamericanos, donde coexisten dos sociedades paralelas y unidas por un andamiaje estable que sostiene numerosas influencias recíprocas. En nuestro entorno las alarmas se disparan cuando se dan sucesos luctuosos, para acallarse poco después. Este enorme desaguisado se está convirtiendo en un elefante en la habitación al que nadie quiere mirar y del que nadie quiere hablar. Su dimensión exige un esfuerzo nacional similar al que se emprendió con la lucha antiterrorista, con la coordinación necesaria entre diversas instituciones y administraciones y un plan amplio, único y con medios suficientes que incorpore a las fuerzas armadas y a los servicios de inteligencia.

El tráfico y consumo de drogas no es exclusivamente un asunto de las fuerzas de seguridad o de la administración de justicia. Es una cuestión social más amplia, que abarca los ámbitos educativo y sanitario. Se puede mencionar como ejemplo la extendida benevolencia hacia el consumo de las drogas que se elude, incluso, al hablar de los problemas generales de salud mental que afectan a la población. Mientras tanto, el elefante sigue creciendo.

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