Opinión | El retrovisor
Fin de curso

Campamento del Frente de Juventudes en Los Narejos. Años sesenta. / Archivo TLM
Pero, ¿cómo? ¡Ya está otra vez el verano encima! "Hay que ver cómo pasa el tiempo, parece que fuera ayer cuando nos estábamos tomando las uvas".
Mañana comienza el mes de junio, a todas luces un mes desorganizado. Para unos, llega ahora la fecha de las escapadas de fin de semana a los puntos de veraneo, todo un preludio para un verano que ya llega. En la ciudad calurosa ya se exprimen los primeros sudores, mientras los estudiantes estudian en un último y titánico esfuerzo.
En tiempos menos perversos, abuelas, tías y madres denominaban al final de curso "dar punto". Un punto y final al año escolar y universitario que abría al alumnado de entonces la perspectiva de un verano, de modestos veraneos cercanos a la naturaleza que propiciaban el campo, el monte o la playa.
Eran los tiempos de las exigentes "reválidas" de cuarto y sexto curso de bachillerato. Las que te hacían salir del cascarón colegial y te acercaban a las aulas de los institutos para el susodicho y exigente examen, rompiendo así la rutina diaria, algo que alteraba el sistema nervioso de los candidatos a bachiller elemental, superior y preuniversitario, que, para mayor desgaste psicológico, debían asistir a las convocatorias vistiendo aseadas chaquetas y corbatas.

Jóvenes de la Sección Femenina pertenecientes al campamento de Mazarrón. Años sesenta. / Archivo TLM
En aquel entonces los ministros eran sabios señores avalados por una trayectoria profesional impecable y culta: Manuel Lora Tamayo, ministro desde 1962 a 1968 y posteriormente José Luis Villar Palasí que ocupó la cartera ministerial de Educación desde 1968 a 1973. Ministro impulsor de la E.G.B y del B.U.P, autor de libros tan amenos como Principios de Derecho Administrativo, entre otros muchos. En nada parecidos a los actuales, formados algunos en la holganza y como mucho repetidores impenitentes de carreras universitarias que no llegaron a concluir.
Fueron aquellas generaciones de alumnos aspirantes a bachiller que se iniciaban a los diez años en unos tiempos en los que no existían prebendas ni comodidades como el bus escolar, ni acogedores comedores, ni aire acondicionado en las aulas. Días inolvidables pese a su dureza: sabañones en los fríos días del invierno o las caminatas en solitario bajo un sol de justicia de otros junios. Nadie se quejaba, sirviendo con ello a la forja de unas generaciones responsables y estudiosas pese a las exigencias de los planes de estudio en una España sumida en los albores del desarrollo económico.
Al dar punto final al curso, los suspensos tendrían que clavar los codos hasta las pruebas del mes de septiembre y los aprobados gozarían de la ociosidad en campamentos del Frente Juventudes y de la Sección Femenina, un mes de camaradería inspirado en la Formación del Espíritu Nacional y, los más, del ansiado goce de la naturaleza acercándonos a insectos y bichos. Días de bicicleta, de baños en la mar o en piscinas y balsas de aguas sin cloro, aguas verdes pobladas de "gusarapos", de pesca de cangrejos en calas de unas playas aún vírgenes en muchos casos. Jornadas de paseos en burro, de excursiones en pandilla, de discos microsurco que sonaban en el "picú" marcados en la memoria por los primeros amores. Tiempos de cambios físicos en los que te despedías de los compañeros siendo adolescentes y al regreso a las aulas te encontrabas con hombres de pelo en pecho y mostacho, muy difíciles de identificar.

Acampados en Sierra Espuña, entre ellos Emilio, Masía, los hermanis Clavel Sainz y Andrés Checa, años sesenta / Archivo TLM
La vida salía al encuentro en aquel entonces para unas generaciones de buenos estudiantes que supieron sacrificar muchas horas de su vida pensando en un futuro de progreso y abundancia tras los años de subdesarrollo y carestía que tuvieron que vivir las generaciones que les dieran vida. Fueron aquellos estudiantes los que para bien o para mal conquistaron libertades e hicieron posible la transición a una democracia que estaba cantada. Conviene recordar, sin nostalgias ni melancolías, aquellos días felices, cuando las familias se ponían en marcha para disfrutar de los largos meses estivales, de junio a octubre, para mayor sufrimiento de sacrificados padres de familia, Rodríguez, que entre sudores, continuaban en el tajo, para que esposa e hijos disfrutaran de unos veranos que quedarían grabados en el alma para el resto de sus vidas.
Junio ya está aquí, el mes que abre expectativas de ilusiones, de días junto al mar y de amores juveniles que será recordados en lo más profundo de la memoria individual.
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