Opinión | Allegro Agitato
Yehudi
Con el fin de la guerra cambiaron las prioridades de Menuhin. Comenzó su defensa de la paz, la democracia, los derechos humanos y el entendimiento entre las naciones

Yehudi Menuhin.
Hace unas semanas se celebró en Viena el Festival de la Canción de Eurovisión, protagonizado por el boicot de algunos países, como España, en protesta por la participación de Israel tras la invasión de la franja de Gaza. Como en otras ocasiones y también como con otros países, se produjo un debate internacional entre quienes consideran necesario vetar la partición de naciones sobre las que pesan graves acusaciones de violación de los derechos humanos y los defensores de que la música debe servir para unir a los pueblos.
Menuhin fue un violinista comprometido con multitud de causas justas. Sus padres se habían conocido en Palestina y se habían reencontrado en Nueva York, donde se casaron. En 1916 nació su hijo, al que llamaron Yehudi, que significa ‘el judío’, para que nadie tuviera la menor duda sobre su origen. Se mudaron a San Francisco, donde Yehudi, con sólo tres años, asistió a un concierto y quedó impresionado por el violín de Louis Persinger, que llegaría a ser su profesor. Su escolarización duró un único día. Su madre advirtió su aburrimiento, por lo que recibió su educación en casa, centrada en la música y en el aprendizaje del violín. Tras trasladarse a Europa, Menuhin tuvo otros dos grandes mentores: George Enesco y Adolph Busch. Menuhin, de niño, ganaba por concierto diez veces más que este reputado violinista. Las muestras de precocidad, unida a una madurez pasmosa, se sucedieron incontables veces. Con doce años tuvo un debut absolutamente memorable con la Filarmónica de Berlín, cuando interpretó, en un mismo programa, tres conciertos de Bach, Beethoven y Brahms, delante de un público asombrado en el que se encontraba el físico Albert Einstein.
También fue precoz cuando, con 22 años, se casó con Nola Nicholas, hija de un industrial australiano, a quien había conocido sólo nueve semanas antes, y poco después su hermana Hephzibah, su pianista habitual en conciertos y grabaciones, se casó con un hermano de Nola. El matrimonio tuvo dos hijos, pero no fue definitivo.
Durante la Segunda Guerra Mundial Menuhin dio más de 500 conciertos para las tropas aliadas, algunos en lugares tan remotos como Alaska, Hawái o las Islas Aleutinas. Debía dar hasta tres conciertos al día, sin tiempo apenas para practicar ni para ver a su mujer e hijos. Estando de gira por el Reino Unido, en 1944 conoció a la bailarina Diana Gould, que se convertiría en su esposa y compañera de sus incesantes viajes.
Con el fin de la guerra cambiaron las prioridades de Menuhin. Comenzó su defensa de la paz, la democracia, los derechos humanos y el entendimiento entre las naciones. Lo hizo en público, en entrevistas y discursos, pero también en conversaciones con los principales jefes de estado de todo el mundo. Su compromiso político le valió el reconocimiento general, pero también la hostilidad de algunos sectores, como cuando, tras la guerra, fue el primer músico judío en actuar con el director alemán Wilhelm Furtwängler, acusado de colaborar con los nazis, y la Filarmónica de Berlín, lo que provocó la ira de las organizaciones hebreas. Su colaboración con Furtwängler nos ha dejado algunas de las mejores grabaciones de Menuhin que, dicho sea de paso, se desarrollaron a lo largo de más de 70 años.
En 1952 Menuhin fue a tocar a la India, donde conoció al maestro de yoga Sundararaja Iyengar, quien le abrió un nuevo modo de entender tanto la vida como su relación física y mental con el violín. Menuhin también ayudó a difundir el yoga por Occidente. En el mismo viaje comenzó su amistad con Ravi Shankar, intérprete de música hindú con el sitar. Ambos músicos colaboraron en varias ocasiones y grabaron un álbum que recibió el premio Grammy. No fue su única experiencia de fusión musical. También practicó el jazz junto al violinista francés Stéphane Grappelli a comienzos de los años 70.
En 1955 Menuhin se trasladó a Europa; vivió en Londres y en Gstaad, un pueblo de Suiza en el que fundaría una prestigiosa academia de música. Años después Menuhin recibiría las nacionalidades suiza y británica, además del título de Caballero del Imperio Británico.
Sería imposible enumerar todos los proyectos que abanderó Menuhin para difundir la música, ayudar a músicos jóvenes, promover la paz, e incluso en defensa de la naturaleza, en lo que fue pionero, y que su fundación continúa a día de hoy. En 1997, recibió el Premio Príncipe de Asturias de la Concordia junto a su amigo Mstislav Rostropovich. Menuhin había sido vetado por criticar en Moscú el trato que la Unión Soviética daba a disidentes como Solzhenitsyn o el propio Rostropovich. Menuhin también evitaba Sudáfrica a causa del apartheid y defendió a minorías étnicas como los gitanos, cuya forma de tocar admiraba desde que conoció Rumanía siguiendo a Enesco.
Los últimos años de esta vida tan ajetreada los dedicó a la dirección de orquesta, consciente de que sus limitaciones físicas lastraban sus interpretaciones con el violín. Tras suspender un concierto, falleció en Berlín en 1999.
Nunca sabremos si Menuhin habría actuado este año en Viena. Consideraba que un estado común para judíos y palestinos era la única vía para resolver pacíficamente el conflicto de Oriente Medio. Sí les puedo contar que participó en Eurovisión en una ocasión, en París, en 1978, cuando tocó junto a Grappelli en el descanso del festival.
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