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Opinión | Miradas furtivas

Juan Ballester

Juan Ballester

Fotógrafo

En ese rincón del mundo

El estudio del autor.

El estudio del autor. / L. O.

Existe en algunas casas un lugar que no es solo una habitación más ni un rincón cualquiera, sino un espacio que representa algo así como una prolongación de nuestro propio yo. En mi caso (imagen adjunta), se trata de un sencillo estudio con una mesa junto a la ventana, donde la vida, sin pedir permiso y casi sin que nos demos cuenta, se ha ido escribiendo durante décadas. Cuarenta años caben ahí, igual que caben los libros en una estantería: no por orden, sino por acumulación de afectos, de pausas, de respiraciones, de vacíos y de ilusiones.

Ese espacio suele parecer pequeño a quien lo contempla por primera vez, pero resulta inmenso para quien lo habita. La luz entra de una manera concreta, casi como si conociera el papel que desempeña en la historia de quien trabaja allí. A veces es una luz oblicua de la mañana, que despierta sin estridencias; otras, una claridad cansada de la tarde, que se posa sobre los papeles como un recuerdo. La distribución importa más de lo que parece. La silla, por ejemplo, no está ahí por casualidad: ha sido elegida tras años de pequeños ajustes, de dolores de espalda y de horas de concentración. La mesa guarda marcas invisibles, surcos de pensamientos repetidos, manchas de café, huellas de manos que han escrito, tachado y vuelto a empezar. Cada objeto parece tener una razón secreta para ocupar el lugar que ocupa, como si el propio espacio hubiera aprendido a pensar con nosotros.

En ese rincón se ha llorado sin testigos, o creyendo que no los había. También se ha reído uno de forma inesperada, en mitad de una llamada o de una lectura, como si el mundo exterior se colara por una rendija. Allí se han tomado decisiones que no cabían en ningún otro lugar de la casa, se han escrito textos que quizá nunca llegaron a enviarse y se han sostenido silencios largos, de esos que no pesan, sino que acompañan. Y cuando, al cabo de los años, uno vuelve la vista atrás, comprende que no solo ha trabajado en ese lugar, sino también con ese lugar. Que la luz, la mesa, la ventana y las horas han formado parte, igualmente, de la obra invisible de una vida entera.

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