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Opinión | De dioses y de hombres

Armadura de piedra

Armadura de piedra

Armadura de piedra

Las catedrales —de cualquier estilo artístico— me han fascinado desde que tengo uso de razón. Su presencia, poderosamente erguida en las ciudades, es una de las señas esenciales de nuestra rica identidad y de la compleja historia de Occidente. No se trata, en la mayoría de ocasiones, de un monumento más; posiblemente sean la construcción más icónica y ejemplar para comprender toda una época y civilización. En otro artículo mencioné como el grandísimo Víctor Hugo las defendía ardientemente en su conservación. Hablaba de ellas —y por extensión de la arquitectura— como libros esenciales de la humanidad. En las catedrales europeas está condensado el tiempo que nos ha forjado hasta poder llegar aquí, trasformado éste en arte y maravilla.

La semana pasada les hablaba de la boda de Carlos V en Sevilla, también ponderaba lo extraordinario de esa ciudad bañada por el Guadalquivir en la época renacentista. Pues bien, me gustaría continuar con un tema que entronca perfectamente con el anterior; si bien se trata de otro aniversario y de otra ciudad. En el siglo XVI, en los tiempos del «César flamenco», Toledo fue la ciudad que ejerció como capital de España. Urbe que aglutinó a una parte importante de la alta nobleza; así como a numerosas órdenes religiosas y a no pocos artistas. Cómo no hacer mención al Greco, que encontraría en la ciudad del Tajo el lugar para su creación delirante.

El genial escritor Mújica Lainez describió a Toledo, dentro de sus crónicas de viajes, con la poderosa imagen de «una armadura de piedra». Fue una frase totalmente certera que mostraba su admiración entusiasta por esta ciudad imperial. Toledo, visto con un poco de distancia, es dibujado esencialmente por los poderosos perfiles de su alcázar y de su catedral. Es esta última la que está de aniversario. Y no un aniversario cualquiera porque son ochocientos años, nada menos, los que se conmemoran. La catedral de Toledo siempre ha gozado de un rango superior sobre el resto de catedrales españolas, de ahí el apelativo de «Primada de España». Su construcción se inició en 1226 en el nuevo estilo gótico de la época que, desde Francia, se iba expandiendo, fabulosamente, por el resto de Europa. Para muchos historiadores y críticos, se trata de una de las obras cumbres de este estilo en nuestro país. Ya saben que el flamante y estilizado estilo gótico supuso una revolución tecnológica pasmosa. Los edificios, con sus poderosos esqueletos de piedra, formados éstos por arbotantes, bóvedas de crucería y pináculos, alcanzaron una altura y complejidad nunca vistas. La mayor parte de ciudades europeas (que experimentaron por esas fechas una gran expansión frente al mundo más rural del anterior románico) acogieron el levantamiento de estos templos como símbolo, unión y orgullo de toda la ciudad. Muchas fueron las que rivalizaron por el esplendor de sus construcciones, desafiando escalas y excelencia; también en sus bienes interiores y decoración.

Toledo celebra esta efeméride de la mejor de las formas: con una magnífica exposición de arte que nos cuenta la otra historia de esos ochocientos años, la historia contada a través de la grandeza del arte. Más allá de lo que vemos, siempre hay otra historia condensada en pinturas, esculturas, orfebrería o textiles. Suelo decir a mis alumnos que toda pieza de arte nos cuenta una historia sorprendente tras su aparente silencio.

El pasado veinticinco de mayo arrancó esta muestra (que se podrá disfrutar hasta octubre) titulada: ‘Primada, VIII centenario de la Catedral de Toledo’. Dividida ésta en nueve secciones que invitan al espectador a adentrase en su historia, tesoros y espiritualidad. Muchos fueron los mecenas y protectores de este magno edificio, formando, a través de los siglos, un tesoro patrimonial extraordinario entre lo mejor del arte sacro europeo. De lo mucho que podremos contemplar, destacar algunas piezas como el sorprendente Tapiz de los Astrolabios; obra flamenca del siglo XV que nos habla del intento de comprensión del orden del cosmos. En estas fechas en las que estamos, cercanos a la festividad del Corpus, la custodia de Enrique de Arfe es símbolo en sí misma y paradigma de la platería tardo gótica; sin lugar a dudas es uno de los hitos de esta catedral y de la muestra. Curiosas son, asimismo, las arquetas y cofres provenientes del mundo árabe que fueron reutilizados como relicarios. Entre tanta maravilla están los nombres de algunos de los artistas más importantes de la historia: Velázquez, Goya, Alonso Cano, Luca Giordano, Juan de Borgoña, entre otros muchos.

Toledo se viste de fiesta en la celebración de este cumpleaños tan merecido y no podemos hacer otra cosa que celebrarlo redescubriendo esa maravillosa «armadura de piedra» que quizás, hoy más que nunca, sigue siendo un canto a la belleza y al poder creador atemporal del hombre.

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