Opinión | Este humano desorden
El pan de los vencejos
«De niño veía tantos y tantos volar alrededor de la torre de El Salvador y los oía chillar como una cuchillada de luz en mis oídos e imaginé entonces una estrecha relación entre vencejos y campanas»

Un ejemplar de vencejo / Turismo de Segovia
Soy un enamorado de los vencejos. Siempre me parecieron seres que no son de este un mundo. Siempre pensé que eran una especie de milagro ‘inverosímil’, una virguería de la naturaleza, un capricho del universo, piezas llamativas de ese puzle surrealista y sagrado que es la existencia misma y que apenas entendemos del todo todavía, hasta creo que, a Dios, lo que más trabajo le costó inventar fue a esos pájaros, y no sé si está bien o es correcto denominarlos pájaros, ni quiero ahora ponerme en Google a buscarlo.
Dormir en el aire
Desde que era un crío me fascinaban porque mi abuelo Manuel me explicó que vivían y dormían en el aire y que solamente algunos se metían al ojo de las tejas para criar allí. Me costó mucho creerle. Aún hoy me cuesta. Desde entonces me he preguntado qué podía haber en el aire que fuese tan nutritivo y les pudiese conceder la energía vital para toda esa alegría inaudita con la que vuelan y chillan, esa precisión con la que hacen todo. Y luego, sin embargo, son tan desvalidos en el suelo y ponen esa cara de niño desahuciado cuando te acercas a cogerlos para devolvérselos al aire, porque son suyos, son del aire. Todavía me pregunto qué comen allá arriba, cuál es el pan de los vencejos. Aunque por su manera tan elegante de volar, más que comer, parece simplemente que están nadando el aire por placer.
Y entonces me acuerdo del maná de la Biblia y tranquilizo con ello mi curiosidad, porque tampoco quiero buscar en Google de qué se alimentan exactamente. A lo mejor un día lo busco. Prefiero no despejar ese asombro, ese misterio de que tal vez millones y millones de insectos suban tan alto buscando qué, porque, si los vencejos se alimentan de insectos, de qué otra cosa se alimentan los insectos que suben tan arriba de la enorme tesela azul del firmamento.
De niño veía tantos y tantos volar alrededor de la torre de El Salvador y los oía chillar como una cuchillada de luz en mis oídos e imaginé entonces una estrecha relación entre vencejos y campanas. ¡Qué hermoso es al atardecer escuchar los gritos de los vencejos mezclarse con el sonido las campanas! Eso sí que es auténtica poesía, o ‘pasada’, una ‘pasada’ como diría hoy en día un muchacho. Eso sí que da ganas de vivir. Ese dulce fragor debería de estar recomendado y recogido en los manuales de la Psiquiatría. No es una alegría tranquila, es una alegría que te despeina por dentro, pero es muy hermosa.
Hay un momento de la tarde en que cruzan el cielo como si fueran pensamientos que no necesitan alma que habitar. Pensamientos muy puros, libérrimos, de un agudo júbilo y regocijo que embellece en primavera la vida en las ciudades. Te quedas mirándolos y vuelves a preguntarte de qué viven ahí, en el aire vacío, donde no hay nada que morder salvo el azul tan nítido del hidrógeno cósmico.
‘Porque sí’
Es todo tan extraño en ellos, que a veces pienso que solo existen para celebrar y darnos una idea de hasta qué punto la vida es puro ‘porque sí’. Se aparean, duermen, se persiguen a mucha velocidad, con una precisión que no admite la torpeza y, el cielo, que a nosotros nos parece una página en blanco, para ellos es una despensa, el plancton del aire, pequeñísimos insectos con alas que son apenas una idea de pestaña, cuerpos sin peso que el viento eleva como si fueran polvo, el infinito de lo pequeño que asciende hasta alturas irreales. Eso debe ser. Lo buscaré. Organismos casi microscópicos de vidas muy efímeras que suben hasta allí para ser comidos en una especie de suicidio aéreo.
Y los vencejos, que son músculo mismo y decisión, interpretan esas corrientes de aire como quien lee una cartilla escolar. A lo mejor no buscan un insecto, buscan un río para meterse en su corriente y beber un maná. Abren muy grande el pico, como dice mi dentista: «¡Abre grande, cariño!», y el cielo entero les entra por la boca convertido en maná. Ni tan siquiera cazan, cosechan, se comportan igual que los gusanos de la especie en los desiertos de Dune. Atraviesan nadando el firmamento que se llena para ellos de vida y gratitud. Suben tan alto, porque arriba, tal vez, haya una secreta arquitectura que saben disfrutar. Deben ser muy felices tan arriba de todo. Incluso, a veces, ascienden mucho más, hasta rozar la altura donde el azul se vuelve color prusia.
El aire hospitalario
Mirarlos es contemplar un milagro, aceptar que lo esencial no tiene apenas la gravedad del peso y que hay vidas que se sostienen en lo casi inexistente. Nosotros inclinamos con humildad la cabeza para coger el pan con las manos y ellos la levantan y encuentran su alimento en lo que no se ve, en lo que nadan. Nosotros necesitamos tenedores, mesas, manteles, y ellos corrientes de aire y el azul de los días.
Y cuando cae la tarde y el día ya ha fermentado, el aire se vuelve más hospitalario y los vencejos vuelan mejor, sus gritos son más largos y felices, y descienden un poco, se acercan a los balcones de nuestras casas y a nuestras calles, pasan cerca de los cristales de nuestras ventanas y terrazas cerradas como si fueran noticia misma de que hay vida. Pasan como si celebraran su triunfo sobre la gravedad y sobre la existencia.
Entonces comprendemos que mirar a los vencejos es sorprenderse por la idea sencilla y feroz de que basta con aprender a estar en la corriente adecuada para que la atmósfera, ese piélago inmenso y lleno de una abundancia que no vemos, ese lugar tan lejano donde todos juraríamos que no hay nada, se convierta en el pan de los vencejos.
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