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Opinión | Misa de doce

Ángel Cruz

Ángel Cruz

Director de la Filmoteca Regional

Ohayo

Confieso que me toca la moral, por no decir las narices, por no mencionar lo que empieza a dibujarse por debajo del pubis, cuando recibo una llamada, un correo o un mensaje de WhatsApp, curiosamente casi siempre en el ámbito laboral y procedente de un superior, en el que la conversación suele comenzar en tono imperativo y sin saludar.

Ohayo (Buenos días), además de ser una obra maestra de Yasujiro Ozu, es el verdadero comienzo de todo. Un gesto esencial con el que reconocemos a nuestro interlocutor y el respeto que merece.

Y es que no saludar, omitir un simple buenos días, tardes o noches, es uno de los signos más elocuentes de mala educación; por cierto, otra obra maestra de Almodóvar que, junto a la mediocridad y el peloteo, compone la ecuación perfecta para corromper y pudrir nuestra sociedad.

Pero, para obra maestra, My Fair Lady, de George Cukor. Una cinta que eleva el cine a la categoría de patrimonio de la humanidad y que, además del mito de Pigmalión, nos habla del poder transformador de la educación y los buenos modales.

Lo cierto es que a más de uno, y de dos, no les vendría nada mal matricularse en una escuela de buenos modales para recibir alguna clase de etiqueta. Si es a cargo del profesor Higgins, mejor.

Supongo, como diría Bob Dylan, que es porque los tiempos están cambiando, pero lo cierto es que resulta profundamente frustrante comprobar hasta qué punto la mala educación ha terminado por corromper a buena parte de la ciudadanía, apoderándose, casi sin darnos cuenta, de nuestros organismos e instituciones. Sin ir más lejos, los plenos parlamentarios, lejos de ser ese foro donde deberían imponerse la oratoria y la retórica, se han convertido en un patio de colegio, en el que el argumento ha sido sustituido por el infantil e inmaduro ‘y tú más’. No mejora, al contrario, el panorama en las tertulias televisivas, convertidas en refugio del macarreo, y en donde quien más grita e insulta acaba, tristemente , llevándose el gato al agua. Por no hablar de nuestro comportamiento al volante, donde la mayoría de los conductores se transforman en Mr. Hyde, sacando a relucir su lado más violento y agresivo.

No quisiera parecer pesimista, pero nos estamos convirtiendo en una sociedad en la que los buenos modales y la corrección, lejos de ser una virtud, se interpretan como un síntoma de debilidad. La violencia se impone a la paz y el ruido al silencio. Cuanto más macarra eres, o intentas parecerlo, mayor éxito alcanzas. Esa parece ser la fórmula perfecta, el secreto del éxito que buscaba Michael J. Fox allá por 1987.

Ohayo (Buenos días en japonés), más que un saludo, en el fondo es un acto de respeto, empatía y convivencia. RESPETO, EMPATÍA y CONVIVENCIA, tres palabras, tres conceptos, que deberíamos llevar tatuados a fuego en el cerebro.

Ohayo es el comienzo de todo, porque tanto el día como la vida comienzan con un buenos días.

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