Opinión | El especialista

Juan Antonio Carreras Espallardo
Policía local y criminólogo
La noche que nadie ve
Diez de la noche. Una hora extraña para empezar a trabajar, cuando la mayoría de la gente se prepara para dormir. Pero alguien tiene que velar por la seguridad de los demás. Y sí, ya sabía dónde me metía. Y no crean que no defiendo todas las profesiones; las defiendo todas por igual, porque son tan dignas como la mía, pero hoy hablo de la que represento.
La vida policial funciona al revés del mundo. Dormimos cuando otros trabajan, comemos cuando otros duermen y vemos a nuestras familias a ratos, cuando los turnos lo permiten. Los planes duran lo que tarda en sonar un teléfono. Hoy descansas; mañana te llaman porque faltan efectivos, porque hay fiestas, porque hay un evento, porque siempre falta alguien. Y allí estás otra vez, uniformado, mientras otros disfrutan.
Llegas al cuartel y miras a los compañeros que trabajan contigo, pero sobre todo a quién manda esta noche. Mala suerte. El típico jefe al que no querrías ni de vecino. Años viendo cómo trata a la gente, cómo desgasta a los compañeros, que bastante tienen ya con sobrevivir a este oficio. Pero callas. Porque vienes cansado. Porque hoy, precisamente hoy, es tu aniversario de boda.
¡Me habría gustado llevar a cenar a mi mujer!, y nadie me lo ha podido cambiar. Y además no se cumplían los servicios mínimos, son las fiestas del pueblo y me han denegado el ‘AP’. «Necesidades del servicio». Otra vez. ¿A quién se le ocurre casarse un 11S? Pero no me quejo, ya sabía dónde me metía.
Empieza el turno. Reparto de patrullas. Cafés rápidos mirando de reojo, porque parece que hasta tomar un café molesta. Siempre hay alguien dispuesto a criticar a dos policías sentados cinco minutos mientras desconocen las horas que llevan sin parar.
Mi compañero de la derecha pone mala cara, pues le ha tocado de pareja con el más gandul del cuartel, así que le toca conducir y esperar a que lleguen las siete y media de la mañana, que es cuando acaba el turno. He tenido mejor suerte, me toca un compañero que además... considero un buen amigo, la patrulla será amena. Varios compañeros charlan sobre sus intervenciones en días anteriores. —¡A la calle!— espeta el jefe de servicio, no sea que el Concejal vea más de dos guardias dentro del cuartel y se vaya a creer que están tocándose las narices.
Pues bueno, tomaremos un café en el bar cercano, pero con mucho cuidado, no sea que vayamos más de dos guardias y se piense la gente que estamos de borrachera, y es que más de dos son multitud. Así que arrancamos el coche y nos buscamos un sitio donde poder tomar ese café, que a buen seguro será tema de conversación de algún hater ciudadano que cuestionará si el café lleva azúcar o sacarina y dónde hemos dejado ese coche patrulla que en caso de ser necesario debe estar lo más cerca posible, para atender una eventual urgencia.
Y entonces, suena la emisora. Accidente de tráfico. Posible conductor ebrio. Se acabó el café. Llegas y encuentras lo de tantas noches: un conductor borracho, cinco veces por encima de la tasa permitida, indignado porque se le detenga. «Ni que fuera un delincuente», protesta. Como si conducir así no pudiera destrozar familias enteras en segundos. Dos horas de diligencias. Informes. Gestiones. Y la sensación permanente de que en cualquier momento entrará otro aviso más urgente y habrá que salir corriendo otra vez.
Son las dos de la madrugada. Las calles parecen tranquilas, pero nunca lo están del todo. En la policía aprendes que el silencio muchas veces es la antesala del problema. Intentas cenar algo. Error. Nueva llamada. Pelea en una vivienda. Música a todo volumen. Un vecino con la nariz rota por pedir simplemente que le dejaran dormir. Otra intervención. Otra detención. Otra noche que se va consumiendo entre discusiones, tensión y papeleo. Y mientras tanto, piensas en tu casa, en tu mujer durmiendo sola, en que cuando llegues ella ya se habrá marchado a trabajar. Menudo aniversario.
Luego viene lo peor: intentar dormir de día. El ruido de la calle. El vecino haciendo bricolaje. El teléfono. El cuerpo destrozado. El humor por los suelos. Y por la noche, otra vez empezar. Así viven miles de policías en España.
No, no todos los días son iguales. Pero estos días existen. Y son más frecuentes de lo que mucha gente imagina. Y cada día es más peligroso, con más delincuencia y delincuentes más peligrosos. Pero lo más duro de este trabajo no siempre son los delincuentes. A veces es sentir que hagas lo que hagas estarás cuestionado. Si actúas, porque actúas. Si no actúas, porque no actúas. Si paras un coche, eres un recaudador. Si tomas un café, un vago. Si detienes a alguien, un abusón. Y si un compañero comete un error, la sombra cae sobre todos. Claro que hay malos profesionales. Como en cualquier oficio. Pero reducir a miles de hombres y mujeres a los errores de unos pocos es profundamente injusto.
Detrás del uniforme hay personas. Tenemos familia, y vaya si deben aguantarnos bien. Consulten la tasa de separaciones, divorcios y suicidios en los cuerpos policiales, ya verán. Tenemos trastornos de sueño, de alimentación y si no sentimos nuestra profesión con vocación podemos acabar expulsados o vivir amargados hasta que llegue nuestra tardía jubilación.
Tenemos jefes y compañeros que nos dan la espalda, que enchufan a otros porque son «sus preferidos», que no nos valoran. Y, sin embargo, pese a todo, la mayoría volveríamos a elegir esta profesión. Porque cuando ayudas a alguien en el peor día de su vida, cuando evitas una tragedia o cuando una víctima te da las gracias sinceramente, entiendes por qué sigues aquí. Y entonces recuerdas aquello que te repetías desde el primer día:
«Ya sabía dónde me metía».
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