Opinión | Tribuna libre
La Iglesia: poder e historia
Como ya ocurrió con el papa Francisco, León XIV sufrirá el acoso de quienes se declaran formalmente católicos, pero consideran que la Iglesia debe estar al servicio de los poderosos

El Papa León XIV. / Stefano Spaziani - Europa Press
Sectores de la Iglesia católica han cambiado mucho desde el siglo XX, aunque también puede argumentarse que los papas pasan y la institución permanece. Las grandes organizaciones, con equilibrios internos muy medidos y con intereses enfrentados —que van desde el mantenimiento del poder hasta la defensa de valores ideológicos—, se adaptan con dificultad a los cambios económicos, sociales o culturales. La Iglesia católica, como el resto de las religiones, posee además una dimensión que no es de este mundo: una verdad eterna que no se cuestiona porque se sustenta en el ámbito inasible de la fe.
Algo relevante debe de estar ocurriendo en la Iglesia católica para que responsables de partidos como Vox afirmen que la prioridad de los obispos españoles es el negocio; para que figuras como Vance sostenga que un discípulo de Cristo «nunca se pone del lado de quienes ayer empuñaban la espada y hoy lanzan bombas»; o para que, finalmente, Trump llegue a insultarla o a afirmar que León XIV le debe el cargo. Probablemente, ese acontecimiento importante sea que el actual pontificado no se pliega ante el poder secular como los juncos ante la ventisca para garantizar su supervivencia como institución.
De ahí que el papa no muestre temor ante Trump y diga en voz alta lo que el representante de Cristo debe decir: que todos los seres humanos son únicos e iguales, que la guerra es injustificable y que ninguna persona debe sufrir daño a manos de otra.
Probablemente, una de las guerras que más se han acercado a la idea de ‘guerra justa’ es la que los Aliados libraron contra el nazismo entre 1939 y 1945. Fue una guerra impuesta por una ideología racista, genocida y totalitaria, algunos de cuyos principios han vuelto a cobrar fuerza y cierta preponderancia social a lomos del populismo de extrema derecha y de la irresponsabilidad de partidos políticos democráticos que consideran necesario pagar peajes para alcanzar o mantener el poder.
Sin embargo, en aquella guerra considerada justa, el papado no estuvo a la altura de las circunstancias. La apertura al público de la documentación del Vaticano de aquellos años, a partir de 2020, permitió al historiador David Kertzer investigar la actuación de Pío XII, de la que, según parte de la historiografía actual, no sale bien parado. Las conclusiones de su libro, El Papa en guerra, dibujan a un pontífice débil y cauteloso, influido por Mussolini y Hitler, que difícilmente puede sostenerse que tuviera como prioridad salvar a los judíos del Holocausto ni condenar con firmeza la ideología perversa del fascismo. Su actuación se orientó, más bien, a salvaguardar la supervivencia e influencia de la Iglesia como institución.
La pasividad de parte de la jerarquía de la Iglesia católica, unida a la debilidad de las democracias liberales y a la irresponsabilidad de los políticos alemanes no nazis —que entregaron el poder al Partido Nazi creyendo que podrían manipularlo—, condujeron, junto a otros factores, al estallido de una guerra devastadora que devolvió a Europa a una suerte de año cero civilizatorio.
En contraste con ese periodo oscuro, parte de la Iglesia actual muestra hoy una firmeza extraordinaria, especialmente cuando se sabe que lo que se tiene enfrente no defiende la bondad de sus postulados, sino el exterminio del otro. En ese contexto, la Iglesia católica parece posicionarse hoy frente a quienes propagan la guerra en nombre de la desigualdad racial, la uniformidad social, ideológica y cultural, y el desprecio por la vida.
Como ya ocurrió con el papa Francisco, León XIV sufrirá el acoso de quienes se declaran formalmente católicos, pero consideran que la Iglesia debe estar, ad maiorem Dei gloriam, al servicio de los poderosos y de sus instituciones, y no al de la dignidad, unicidad e igualdad del género humano, más allá de consideraciones racionales, económicas o de adhesión religiosa.
Algunos católicos nominales lo son porque buscan certezas, seguridad o razones con las que justificarse ante Dios y ante sí mismos. O, incluso, para legitimar decisiones irresponsables, abriendo las puertas del poder a ideologías y líderes que anteponen intereses grupales o personales al bienestar de los más de ocho mil millones de personas que comparten un mismo planeta: la Tierra.
Algo importante debe de estar sucediendo cuando incluso para quienes han sido tradicionalmente críticos con la jerarquía católica y sus prioridades empiezan a verla como una luz en medio de la tormenta; como una guía en un páramo ideológico donde el racismo y el totalitarismo vuelven a enseñorearse y amenazan, una vez más, con una hecatombe de consecuencias imprevisibles.
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