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Opinión | Mamá está que se sale

Educar en la tolerancia

Ya sabes que, desde mi faceta de madre, trato de educar a mis hijos lo mejor que sé. De algún modo una proyecta en ellos el manual del ciudadano ejemplar, el cómo ser una buena persona. En ese sentido, intento educar en la tolerancia, en el respeto al diferente, en la acogida a quien viene de otra cultura.

Sin embargo, desde hace un tiempo, frente al colegio hay un asentamiento de… gente. El hecho de que el colegio esté en el extrarradio favorece mucho ese tipo de cosas. Es un auténtico imán para gente, como se dice ahora, «disruptiva». Hace años, en ese mismo sitio había drogadictos. Ahora es un campamento de gente que vive ahí: tienen sus enseres en los que se les ve durmiendo o simplemente pasando el día. Abren las puertas de los coches y atan cordeles desde los que cuelga ropa, sábanas... El paisaje es surrealista.

Claro, educar en la tolerancia desde la tranquilidad de tu casa es una cosa, y pasar al lado de semejante panorama, es otra. Cualquiera diría que no empatizo. Quizá sea así. Y desde luego, hay que entender que, si hay problemas de vivienda para los que son de aquí, imagínate siendo extranjero, sin saber el idioma. Y por lo que parece, sin trabajo y sin papeles. Se han asentado allí porque a su país no pueden volver. No creas que no me dan pena.

El problema es que llevan el suficiente tiempo allí, como para estar ellos también cansados del asentamiento. Dentro del colegio (en la mismica acera de enfrente), en los recreos hay que cerrar las aulas con llave, porque a veces han entrado y se han llevado lo que han pillado. ¿Qué puede haber en una mochila escolar? Nada de valor a nuestros ojos. Pero el símbolo de una vida mejor, que nosotros tenemos y ellos no, a los ojos de ellos.

El campamento inicial ha mutado en gueto: viven allí como si fuera su territorio, conducen sus coches en dirección contraria, y caminan entre los coches sin cuidado ninguno. Algunos se drogan a la vista de cualquiera, a veces se pelean entre ellos, hacen sus necesidades a la vista de todos -no precisamente pipí-, e incluso, según el día, hay una prostituta buscando trabajo. Claro, yo quiero educar en la tolerancia, pero tolerar esto no tiene nada que ver con acoger al diferente.

Un grupo de padres se ha movilizado para ver qué podemos hacer. Es gracioso, aunque no tiene ninguna gracia, que cuando han intentado informarse, y ver qué gestiones se pueden hacer para desmantelar el asentamiento, lo que les han anunciado son unos trámites laberínticos de dudosa efectividad. En otros términos, es como si se nos hubiera colado un okupa.

El otro día vino la policía y limpió el solar que ocupan. Desaparecieron los enseres, los coches erráticos, y el peligro de atropello. Daba gusto ver el paisaje, era como de silencio. Otra vez tranquilidad. Quizá esto sea como la alegría en la casa del pobre, y nos dure poco, porque el lugar es ideal para asentarse allí.

Lo que sé es que he llegado a la conclusión de que, para ser tolerante, debemos serlo las dos partes. De nada sirve serlo, si el otro se va a aprovechar de tus buenos sentimientos para arrollarte. Tú di lo que quieras, pero es que encima ellos se ríen.

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