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Opinión | El que avisa no es traidor

Papel mojado

Los exégetas de la sacrosantísima Constitución Española y de las JONS, con perdón por la irreverencia, saben que esto huele a fin de ciclo. No sólo socialista. Se acaba, o debería, una época que se parió para bien, mucho, y para mal, casi tanto, hace 50 años y ahora parece que agota todas sus posibilidades. Incluyendo las que plantea una oposición de derecha extrema sin propuestas, otra de extrema derecha que propone una vuelta radical al pasado y una tercera pequeñita e identitaria que quiere con la boca pequeña su independencia cuando en realidad pretende volver al régimen del tres per cent instaurado por su amado líder histórico.

No hay que quedarse en esto último, pues equivaldría a culpar de todo a esa panda de desalmados banqueros y negociantes del nordeste convertidos en irrredentos cuestionadores del estado democrático, con o sin alianzas, como son todos los nacionalismos decimonónicos a estas alturas del XXI. No, pues. Hay que fijarse en el continuo brotar de escándalos de cuartos y de influencias, corrupciones institucionalizadas y problemas de fondo sin resolver que azotan alternativamente a uno y otro de los dos grandes detentadores del poder democrático (?) del último medio siglo, amparados en una Carta Magna que se pretendió y se pretende modélica sin serlo ni por asomo.

Esa sucesión de casos pasados viene a significar que es casi irrelevante, a poca perspectiva que se tenga, que los uniformados verdes hayan entrado casi a saco en la gran sede de la calle Ferraz el mismo día que han rizado el rizo y han registrado... su propia Dirección General («¡La Meretérica!», diría Chiquito). Hace algún tiempo lo hicieron también en la emblemática Génova. Pero antes hubo Filesas, «paro, terrorismo y corrupción» y enorme crecimiento de una nariz. Después vino una pretendida Regeneración con bigote (¡pleno empleo!) que acabó con casi todos sus protagonistas más destacados en la cárcel por trincones y aprovechateguis, previo paso por El Escorial, aunque el capo di tutti capi ande aún asesorando pelotazos y dando lecciones. Con mucha autoridad moral, eso sí. Tanta como tiene un tal M. que, afortunadamente se ve más guapo bien calladito.

En el interim y a pesar de los enormes resultados macroeconómicos que se exhiben, no disminuye la población en riesgo de exclusión, gran parte de los menores de 50 están condenados a una vida de pobreza y la convivencia lleva deteriorada ya algunos años. Paralelamente, algunos jóvenes se refugian en la espiritualidad y la religión, como los ancestros, sacralizando visionarias musicales y predicadores con mucho cuento para calmar así su cabreo perpetuo que les hace cínicos y antisistema por la derecha: el progresismo se convierte en estigma, no en horizonte político y moral. No es de extrañar que, atónitos, se palpen la ropa por un lado o por otro.

Signo de los tiempos, el Jefe se aferra al Papa para salvar su cara bonita en tanto PP-Vox critican a la jerarquía eclesiástica por apoyar la regularización de migrantes, pero potencian localmente y en todas partes la exaltación de la religión católica, devenida nuevamente oficial en la práctica, a pesar de que la idolatrada Carta Magna diga lo contrario.

Resulta cortoplacista y miope pensar que solo con nuevas elecciones se van a arreglar las cosas, máxime cuándo no se sabe qué proponen quienes las quieren a machamartillo y cuanto antes. Lo que no significa que no hayan de celebrarse ¿Cuándo? Pregunta del millón. Hace falta algo más: un replanteamiento profundo, radical, esta vez sí, del sistema que impida que sigan las trapacerías generalizadas que lo hacen hediondo. Y que acoten la desafección —eliminarla se antoja titánico— que asola los ánimos y espolea el cabreo general aunque dizque no mayoritario contra el sistema.

Guste o no, el hecho es que el «No nos representan» se vuelve endémico en determinadas capas sociales, a pesar de que no se exteriorice. En cualquier caso, más valdría buscar otro eslogan cuando aflore, si lo hace, el Gran Malestar. Lo del Bienestar suena ahora a música celestial, nunca mejor dicho, para quienes componían las clases medias y trabajadoras y viven gobernados por quienes mandan en la mayoría de territorios autonómicos. Hace falta otro modelo. El que hay es papel mojado.

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