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Opinión | Dulce jueves

La mirada y los hechos

José Luis Rodríguez Zapatero.

José Luis Rodríguez Zapatero. / Shutterstock

En casos como el que estos días nos ocupa se ve la importancia del periodismo. Yo no me voy a leer los 800 folios del sumario. Prefiero las mil páginas de Ana Karenina. Y además me declaro incapaz de entender los vericuetos legales y financieros que se describen en los informes fiscales y los documentos policiales. Necesitamos que alguien lo haga por nosotros. Para eso están los periodistas. Para contar lo que hay ahí, analizarlo, calibrar su gravedad y ayudarnos a medir sus consecuencias políticas. Ante la dimensión del caso, me siento como todos, en estado de shock, con la sensación de estar en medio de una pesadilla. Como dijo Rufián, si se confirman los indicios que ve el juez, mal, y si todo queda en nada, peor. Es decir, o corrupción política o conspiración judicial. El gobierno, los jueces y los policías se juegan su reputación. También los periodistas. Nada puede funcionar sin la confianza. Si no prevalece la verdad, ahogada entre mentiras, intereses y complots, el sistema entero sucumbe.

Desde el principio del caso, se han establecido con claridad las dos versiones posibles. Un puñado de periodistas se mantienen más o menos firmes en la sospecha del golpismo mediático-político-policial-judicial, con expresiones como cacería, locura o barbaridad, en una gradación que alcanza su apogeo entre los tertulianos y expertos en comunicación política, entregados ya sin caretas a la más pura propaganda, como Luis Arroyo, que, convertido en portavoz de Zapatero, ha calificado la investigación de «pestilente y asquerosa». En realidad, no son muchos. Un par de diarios digitales, unos cuantos jueces eméritos y algunos opinadores. Insistiendo en que «no existen pruebas directas», forman el muro de contención mediático del zapaterismo. Su punto débil es que no se les conocía ese escrupuloso escepticismo cuando los acusados eran de los otros. Se les puede identificar fácilmente cuando critican las filtraciones, el alimento del periodismo de investigación. Hay otros periodistas a quienes el caso les sorprendió porque no hicieron nada, miraron para otro lado. Y luego están los periodistas como Ketty Garat que llevan años siguiendo la pista de las tramas de corrupción en una labor a contracorriente que les ha valido críticas, señalamientos e intentos de descrédito por parte de sectores afines al Gobierno. Su punto débil es que parecen sensacionalmente deseosos de que cada pieza encaje en el relato de la culpabilidad.

El otro día, José Antonio Guardiola, al recibir el premio Cirilo Rodríguez, reivindicaba la importancia del punto de vista, la honestidad y las emociones en el periodismo: «Como reportero no puedo ser objetivo porque la mirada es subjetiva, pero sí tiene que ser honesta. Es decir, que tu ojo de reportero esté guiado por la honestidad», a lo que añadía el factor humano, que hace que la emoción sea «un elemento esencial para contar lo que pasa». La honestidad es lo primero, esa es la parte subjetiva, y consiste en poner la prioridad en la verdad, que en periodismo es la verdad de los hechos. Pero la honestidad se presupone en todos los periodistas. Después hay que leerse los miles de folios del sumario. Y ahí la mirada subjetiva y las emociones no pintan nada. No debe importar cómo deseamos que sea la verdad o nuestros sentimientos acerca de las personas implicadas. Se necesita, entonces, un método que garantice la objetividad de aquello a lo que apunta la mirada.

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