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Opinión | +Mujeres

Ser madre soltera y no morir en el intento

Mucho se ha escrito sobre la deserción reproductiva, como la llama Franco Bifo Berardi, de las mujeres que voluntariamente —o quizás con una voluntad viciada, condicionada por las difíciles circunstancias actuales que afectan a los jóvenes— deciden no tener hijos. El heteropesimismo al que ya nos hemos referido antes aquí, esto es, la convicción de las jóvenes de que una pareja heterosexual les aporte más bienestar que el que ellas solas se proporcionan, consecuencia del sesgo de género en formación, del diferente posicionamiento ideológico y de la desigualdad en las responsabilidades compartidas entre hombres y mujeres; junto a las dificultades laborales y de vivienda y la falta de redes de apoyo presencial, esto es, la ausencia de la famosa tribu que colabora y sostiene la crianza en un mundo donde los jóvenes se desplazan en busca de oportunidades laborales, alejándose de sus familias de origen, son algunos de los factores que producen y contribuyen a esta caída de la natalidad en el primer mundo que tanto asusta a los demógrafos.

De las dificultades de la maternidad de una chica joven, que llega a ella sin haberlo pensado, pero que se vincula a su hijo desde el primer momento con una dedicación encomiable, trata la serie Yo siempre a veces (2026), dirigida por un equipo íntegramente femenino: Marta Bassols y Marta Loza como creadoras; Claudia Costafreda, Ginesta Guindal y Marta Loza como directoras de los seis episodios en los que se desarrolla la historia. Llama la atención que, en los dos primeros, en los encuentros sexuales de la protagonista con quien sería el padre de su hijo y con un ex, ella les pida a ambos que intenten ahogarla y que le escupan en la cara, un comportamiento copiado de la pornografía que se ha incorporado a la sexualidad de las jóvenes miméticamente, y que las creadoras han trasladado al guion sin que, a nuestro entender, haya ninguna mirada crítica al respecto. Son sus parejas sexuales quienes se sorprenden, e incluso, en el caso del ex, se niegan a hacer lo que ella les solicita. ¿Es cool vincular el erotismo a esas conductas? Nunca se analizará suficientemente la pornificación de la sexualidad y su carácter androcéntrico, que no permite explorar por fuera del patriarcado el deseo de las mujeres.

Pero de eso no va la serie, sino de las dificultades de la joven madre para sacar adelante a un bebé cuyo padre apenas se ocupa de la crianza, a la que ni siquiera contribuye económicamente cuando la separación de la pareja se produce unos meses después del nacimiento; ella se queda sin casa y renuncia a su proyecto de marcharse a Berlín a trabajar en algo que le interesa para quedarse en Barcelona y vivir de casa en casa, de la de los padres a otras prestadas por los amigos. Nada que objetar si el tratamiento de estas circunstancias no fuese en blanco y negro, subrayando la victimización de la chica, idealizando incluso su entrega maternal, su amor infinito hacia el hijo, su templanza. Y subrayando, aquí con acierto, el hecho de que la vida en la ciudad no está pensada para acoger a una madre sola con un bebé. La precariedad se muestra con crudeza, y el conjunto constituye un sumatorio de acontecimientos desgraciados que harán que la protagonista tome la decisión de volver a Berlín como tenía previsto antes del encuentro con el padre del niño, aun separando a ambos, que mantendrán el contacto en la distancia.

Traemos aquí esta serie no por sus valores cinematográficos, aunque no carece de interés, sino por ser un ejemplo muy evidente de un tipo de cine hecho por mujeres plagado de buenas intenciones, un cine políticamente correcto, podríamos decir, que muestra situaciones obviamente denunciables y fácilmente identificables por el público que simpatiza con ellas, sin atreverse a abordar en profundidad los temas que plantea. Se trata de productos-denuncia que adolecen, sin embargo, de la ambigüedad y complejidad que debemos exigir a una obra artística. La serie, por ejemplo, no cuestiona la responsabilidad de la joven a la hora de tener sexo sin protección, ni su temeraria aventura al renunciar a su vida profesional por un encuentro casual de una noche; tampoco la tensión entre el derecho del padre a mantener a su hijo cerca y el deseo y responsabilidad de la madre de procurar para ambos una vida mejor, ni su decisión caprichosa de mentir a todo su entorno por otro encuentro fortuito y aparentemente prometedor, unas navidades. Desde el punto de vista que adopta la narración, ella es siempre la víctima y él, salvo un consentimiento final que lo redime, el verdugo.

En una reciente entrevista a Santiago Alba Rico, el filósofo afirmaba lo siguiente: «... vivimos en un mundo crecientemente aplanado ...» Y cita a otro filósofo francés, Olivier Roy, cuyo último libro habla de este aplanamiento del mundo: «A él le da mucho miedo el creciente deseo de explicitud. Hay como una especie de revuelta contra la ambigüedad, contra las sombras, contra los matices. Necesitamos que cada palabra signifique solamente una cosa y saber exactamente qué. Existe un deseo inútil y peligroso de transparencia».

En las cuestiones que atañen a las mujeres el dominio de un discurso cerrado y simplificador impide abordar en su complejidad muchos de los temas que nos atañen, por miedo a disentir en un contexto donde la crítica argumentada se estigmatiza, y el debate se encona despertando una hostilidad que hace imposible el diálogo y el intercambio de ideas. Las redes sociales, donde los algoritmos premian y difunden las opiniones más violentas, hacen el resto. Como sucedió con la polémica sobre el tema trans. Hoy, disentir, ejercer la crítica constructiva, ampliar el debate, se estigmatiza, lo que provoca la autocensura en quienes no piensan exactamente lo mismo, como afirma Donatella Di Cesare.

Necesitamos atrevernos a disentir frente al aplanamiento del mundo. A matizar contra la transparencia unívoca, pues la revuelta contra la ambigüedad y contra el disenso devalúa el arte y simplifica la realidad; mucho ganaría el primero si nos atreviésemos a mostrar la complejidad de la segunda, y su rica y plural ambivalencia.

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