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Opinión | Boulevard Flandrin

La cara de tonto que se nos queda

La cara de tonto no espera al juez. Llega cuando uno lee el titular y siente que algo viejo llama a la puerta. No sabe aún si aquello será delito, infamia o barro político, y conviene no fingir que lo sabe. Pero la mueca ya está ahí. Uno relee, busca una explicación, se agarra a la prudencia. Ojalá que no. Porque hay decepciones políticas que no estallan: supuran despacio en nuestra parte más confiada. Y hay biografías públicas que, cuando empiezan a oler a armario cerrado, no manchan solo un expediente: empañan una época.

Conviene decirlo sin espuma: una investigación no es una condena. La presunción de inocencia no puede ser una lámpara que encendemos para los nuestros y apagamos para los otros. Los jueces fijarán hechos y responsabilidades. Pero la vida pública no se agota en el Código Penal. El derecho decide culpabilidades; la democracia vive también de una autoridad moral que permite aceptar la ley no como la cola lenta de quienes no tienen atajos, sino como un acuerdo entre desconocidos para no despedazarnos.

Por eso el fondo no es solo qué ocurrió. Es qué hace el poder cuando se queda sin despacho. Un expresidente nunca sale del todo; deja el cargo, pero no abandona la temperatura febril del poder. Conserva agenda, teléfonos que responden con otra rapidez y una sombra que abre puertas aunque ya no figure en ningún nombramiento. Hay cargos que se jubilan en el BOE, pero no en la memoria del portero ni en la velocidad con que devuelven ciertas llamadas. Nada de eso es delito. Tampoco agua bendita. El poder deja de mandar, pero no siempre aprende a retirarse: a veces respira por teléfonos ajenos y puertas entornadas.

Ahí se abre la frontera entre experiencia legítima y privatización del prestigio público. La influencia no es una finca ni una medalla para el alquiler. Se fabricó con visibilidad, legitimidad y memoria colectivas. Esa memoria no puede convertirse en puerta giratoria entre confianza recibida y beneficio privado.

La cultura del favor no ha desaparecido: se ha lavado las manos y ha aprendido urbanidad administrativa. Ya no entra por la puerta de atrás, sino peinada con raya, carpeta y lenguaje de expediente. Antes había que esconder el favor; ahora basta con vestirlo de procedimiento. La corrupción no siempre llega con barro: a veces aparece perfumada, sonriente y acreditada. Esa es su astucia: parecer gestión cuando quizá solo es privilegio traducido a gramática presentable.

Ahí aparece la verdadera herida: la del ciudadano que pidió cita, pagó impuestos, guardó facturas y creyó que cumplir era pertenecer a una comunidad de iguales; la del contribuyente que guardaba recibos mientras otros guardaban el teléfono del inspector. Lo corrosivo no es solo el posible delito ni el dinero, aunque conserve esa grosera sinceridad de las cosas que acaban confesándolo casi todo. Lo corrosivo es la pedagogía: que la igualdad puede seguir escrita en mármol mientras la cercanía funciona como salvoconducto; que algunos no rompían las reglas, conocían la bisagra por donde se doblaban.

Ahí empieza el examen de decencia pública. Ojalá quede en nada; ojalá los hechos no confirmen la sospecha. Porque ante los nuevos autoritarismos que afilan la noche, no podemos permitirnos una democracia impecable de fachada y vencida en sus sótanos. La presunción de inocencia protege al investigado; la ejemplaridad protege la convicción de que cumplir no es hacer el ridículo. Si esa convicción se rompe, no queda una ciudadanía más sabia, sino más sola: gente que sospecha que la honradez no era una virtud antigua, sino el último hilo civil que aún nos cosía.

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