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Opinión | Pasado a limpio

Pedro y el lobby

Pedro Sánchez junto al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y la líder del PSOE andaluz, María Jesús Montero.

Pedro Sánchez junto al expresidente José Luis Rodríguez Zapatero y la líder del PSOE andaluz, María Jesús Montero. / Kiko Huesca / EFE

En una democracia, la ética no es cuestión baladí. Examinemos la etimología como ciencia social. Si nuestros modelos son la Atenas de Pericles y la República romana, basta con analizar sus nombres: Atenas es la ciudad consagrada a la diosa de la sabiduría, virgen, por más señas, porque la virginidad es símbolo de pureza y su color es el blanco inmaculado. República es la cosa pública, lo que concierne al común de los ciudadanos. El Derecho romano es fundamentalmente el de los ciudadanos, el Derecho Civil, y los candidatos que se postulaban a las magistraturas públicas vestían la toga cándida, blanca impoluta.

En el origen de las democracias modernas, la lucha por la libertad es la liberación de la tiranía, del poder absoluto del rey y de la corrupción de un sistema basado en la pleitesía al señor y los privilegios de casta. El nuevo régimen se funda en la división de poderes, la limitación del poder para impedir la tendencia al absoluto; y exige un compromiso con la ciudadanía. Montesquieu se inspira en la República romana, que no tiene una constitución escrita, sino los mos maiorum, las costumbres de los antepasados, que eran conscientes del peligro del poder absoluto. La moral es guía esencial.

En Grecia, la manera de hacer son los hábitos, ethos, y de ahí que la disciplina que los estudia es la ética y su gran teórico es Aristóteles en su Ética a Nicómaco; los actos que llevan a la felicidad son aquellos que están regidos por la virtud y el conocimiento del bien, como ya habían adelantado Sócrates y Platón.

Sentadas estas premisas, cómo no iba a ser la democracia el régimen que aspira a la consecución de la virtud ética, el bien común. Fue el lema del gobierno vasco hasta 2017, un objetivo no tan sencillo como parece; tal vez porque haya vivido los periodos más convulsos de la historia de la democracia española, también el país más castigado por la dictadura franquista. Pero la democracia española ha sido una construcción pactada con el antiguo régimen, una transición modélica en muchos sentidos, pero muy artificial precisamente por la ‘rémora’ de nacer de una ‘disolución química imperfecta’ del régimen franquista, que persiste de forma muy evidente en algunas estructuras del sistema. Verbigracia, el sistema financiero está cimentado en la dictadura franquista sin ningún tipo de transición y desde hace una década, sin la competencia de las cajas de ahorro.

Si hablamos de ética y moral en la democracia, es fácil entender que la causa obrera fuera uno de los pilares de la evolución del sistema desde mediados del siglo XIX y, precisamente, un factor principal en el devenir de las democracias liberales y los regímenes socialistas en la primera mitad del siglo XX. También la razón evolutiva de las primeras a partir de la segunda mitad del pasado siglo, merced a la pugna ideológica de la democracia cristiana y la socialdemocracia.

En la ecuación, es consustancial el sistema económico, el capitalismo que evoluciona hacia lo que conocemos hoy como economía de mercado. El primero y primigenio, es producto de una revolución industrial despiadada y libre de toda limitación moral y normativa. El sistema económico actual es el producto de regulaciones normativas que han corregido los excesos de aquel, mediante la creación de sistemas de protección laboral y social, así como la regulación financiera y económica que arranca en Keynnes. En la evolución moral, la doctrina social de la Iglesia es un hito importante. Obviamente, es un proceso complejo que no puede explicarse con una única línea argumental, pero permite comprender la preeminencia ideológica de la democracia cristiana y la socialdemocracia en el occidente europeo posterior a la IIGM.

La persistencia en los nuevos sistemas de algunas estructuras anteriores es lo que explica la pervivencia del motor primigenio del capitalismo, el ánimo de lucro siempre tendente al absoluto y reacio a cualquier limitación, aunque esté fundada en el bien común. Pero la democracia impone procedimientos reglados y preestablecidos para la toma de decisiones, basados esencialmente en las garantías de libre concurrencia y pulcritud técnica, tanto más programáticos que efectivos cuanto más bisoño sea el sistema.

La frontera entre el lobby y el tráfico de influencias no se plantea en la dictadura, pues es corrupta por esencia. En la democracia se mueve en el filo de la navaja, incluso en su definición legal de las conductas prohibidas que muestra el código penal, que marca taxativamente los límites morales… o no tanto, porque el control judicial también tiene sus rémoras del antiguo régimen. El poder judicial es esencial en la división de poderes, pero para cumplir su papel precisa independencia funcional y libre apreciación de la prueba, lo que introduce un elemento aleatorio en la frontera entre la discrecionalidad y la arbitrariedad judicial, otro filo de la navaja.

En el dilema ideológico, la izquierda nacida del espíritu revolucionario se arrogó desde el siglo XIX la defensa de los límites éticos, especialmente reacia a la explotación del hombre por el hombre. A ese principio se sumó la Iglesia, que ha sido referente de la democracia cristiana especialmente desde el Concilio Vaticano II, hasta el auge del neoliberalismo.

La última crisis económica nos perdió en las causas y en los principios. En esta tierra de nadie, es el tiempo de los lobbies. Como en el cuento popular, los accidentes y los tropiezos, incluso el miedo ancestral al animal salvaje, pueden hacernos perder el rumbo, pero basta con recuperar los fundamentos éticos de nuestra convivencia civil. Y ya hablaremos de Zapatero cuando tengamos algunas certidumbres.

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